Tras 10 días encerrados en alta mar, a Omda, Hassan y Ramzi hasta el complejo educativo de Cheste se les queda pequeño. Y eso que es un enorme centro, situado a unos 30 kilómetros de Valencia, que desde finales de los años 60 alberga un instituto, otro de FP, un centro de formación de profesores, residencias e incluso un centro de tecnificación. También cabe la posibilidad de que les pueda la curiosidad de hacerse una idea de dónde están. Son tres de los 630 inmigrantes a los que recogió el Aquarius frente a las costas de Libia y, asimismo, tres de los 476 que han recalado en este centro de la Generalitat valenciana para pasar sus primeras horas en tierra firme.

A última hora de la mañana de ayer cruzaron la concurrida puerta principal de este centro para salir a dar una vuelta. En sus bolsillos llevaban su salvoconducto, el permiso especial de 45 días que les ha concedido el Gobierno tras haber solicitado asilo, bien en nuestro país o bien en Francia.

«Estoy muy contento de estar aquí. Me quedo aquí, quiero estudiar, aprender. Quiero ser médico», explica Omda, que estuvo siete meses en Libia antes de poder embarcarse y que suspira por «un cigarro y un café».

Cuenta que es del sur de Sudán, de Darfur, como su compañero Ramzi, que solo tiene 18 años y siguió la misma ruta. Él tampoco entiende la pregunta de cuánto tuvieron que pagar para poder subirse a la patera, pero eso es ya agua pasada. Ahora tiene que conseguir contarle a su familia que está vivo y que ha conseguido llegar a Europa «Mi familia está allí, en Darfur, hace dos meses que no he hablado con ellos. Espero poder contactarles pero no tengo teléfono», explica.

Cargadores de móviles

Lo primero que ha hecho la Cruz Roja, que es la entidad que les acompaña en este complejo, es poner a su disposición cargadores para los muchos que sí que conservan sus teléfonos. Para el resto ha activado un plan internacional para contactar familias separadas

María Ruiz, secretaria general de esta organización en Valencia, cuenta que la primera fue «una noche tranquila». Solo se trataba de registrar su llegada, de que se ducharan y de ofrecerles una cama. Las de los 415 hombres están en un pabellón y las de los nueve menores y las 52 mujeres, en otro. Haber dormido les ha permitido recuperar fuerzas. «Los veo animados. De hecho, en el pabellón de los hombres ya se está jugando al fútbol. Ya hay una pequeña liguilla y tienen ganas de ver el Mundial», explica. Para lo del mundialito se van a tener que dar prisa, porque esta primera residencia es temporal. «Están aquí muy provisionalmente, vamos a intentar que estén el mínimo posible y reubicarlos en estancias más estables según sus condiciones», señala Ruiz.

En las próximas horas se les empezarán a dar opciones, pero serán ellos los que decidan, porque el permiso gubernativo les da total libertad de movimientos y tiempo para pensar. Ramzi piensa exprimirlo, aunque ya tiene claro que lo de cruzar fronteras se ha acabado por el momento. «Aún no sé lo que quiero hacer. Quiero tomarme un tiempo y después lo decidiré. Sé que quiero quedarme en España», confirma. Pero tiene muy fresca la odisea vivida para llegar aquí como para querer que le sigan sus cuatro hermanos. «No, no», afirma categórico.

Cuando se muevan, si es que lo hacen, todos tendrán ya su tarjeta sanitaria individual, que les da derecho a la sanidad universal. Ya la tienen más de 200, incluidos los 122 que pasaron por los hospitales valencianos tras desembarcar, según confirmó Ana Barceló, la consejera de Sanidad. Entre ellos había una mujer que sufrió un aborto durante la travesía. Solo diez están ingresados, pero su estado no reviste gravedad.