Opinión
Sala de máquinas
El niño detective que pedaleaba bajo la lluvia
El caso del pederasta de Ciudad Lineal ha puesto en España de plena actualidad, por desgracia, la trágica actividad de esta clase de delincuentes que están a un paso del crimen, y que, aún sin arrebatar la vida a sus víctimas, las condenan de por vida al escalón inmediatamente inferior a la muerte: el de la violación, la humillación, la devastación de un ser humano. Cuando algo así sucede siendo las víctimas apenas adolescentes, los ataques todavía nos hacen sufrir en mayor medida, invitándonos a preguntarnos cómo es posible que alguien haga algo así.
La nueva novela de John Hart, No hay cuervos (editorial Pàmies) trata precisamente de este conflicto psicológico criminal.
El condado de Raven será escenario de la misteriosa desaparición de una niña. Pasará el tiempo y todos, incluida la propia policía, con la excepción del hermano de la niña, darán el caso por cerrado, y a la adolescente por perdida, cuando una serie de acontecimientos reabrirán la investigación. Que, en buena medida, estará protagonizada por un niño de trece años, el pequeño y peculiar Johnny Merrimon, cuya tenacidad, perspicacia y valor servirán de gran ayuda a los investigadores.
La existencia, para Johnny, cambió de la noche a la mañana la noche en que su hermana Alyssa no regresó a casa. Pero él, cuando todos la daban por muerta, la siguió esperando con la luz encendida, o dedicándose, con la de su linterna, a entrar en las casas de aquéllos para él sospechosos de poder haber secuestrado a su hermana. Esa imagen de Johnny solo en mitad de la noche y de la lluvia, pedaleando entre casas aisladas tras la búsqueda de la verdad adquiere en la novela una tensión metafórica, el símbolo de una lucha cerrada entre el bien y el mal.
John Hart, el autor de este thriller escrito con ritmo y precisión, es un abogado oriundo de Carolina del Norte, en una de cuyas ciudades, Durham, vino al mundo en 1965. Ha escrito cuatro novelas policíacas. Su creciente éxito en Estados Unidos le ha invitado a dejar momentáneamente el ejercicio de la profesión para consagrarse en exclusiva a la literatura.
No hay cuervos, título que nos ofrece el heroico sello Pàmies con una buena traducción de Cristina Alegría ha merecido el Premio Edgar, uno de los más reconocidos en el género negro. Tras leer la novela habría que decir: bien dado.
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