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El Periódico de Aragón

Juan Bolea

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Juan Bolea

Ángel Gracia, poeta

La poesía de Ángel Gracia no es tan conceptual como la de Jorge Luis Borges pero ambas tienen en común los espejos. En 'Larga noche de las apariciones', el nuevo poemario de Ángel Gracia, premiado en el certamen Santa Isabel de la Diputación de Zaragoza, los reflejos y fantasmagorías adquieren una misteriosa e inquietante belleza.

En los sonetos borgianos, el espejo, con la espada, el anillo o las rayas del tigre oficiaron como elementos que abrían la imaginación y el poema a otros mundos. En aquellos versos de Borges los espejos eran seres vivos dispuestos a engañarnos reflejando los rostros de otros, de nuestros padres, de ángeles o diablos, o, mucho peor aún, no reflejándonos, arrebatándonos, borrándonos el ser como si fuésemos vampiros y ya hubiésemos muerto, sin resucitar aún a otro cuerpo, a otro rostro...

Ese horror de los espejos lo vincula Ángel Gracia a los diarios del pintor Víctor Mira, extraño y extraordinario pintor que inspira una de las composiciones de 'Encriptados' (apéndice dentro de 'Larga noche se las apariciones', dejando gavillas de poemas a dos juegos más de paradojas y revelaciones: 'Enclaustrados' y 'Emboscados'). Luis Buñuel, otro visionario rodeado de máscaras se miraba en el espejo de la fe pero solo veía a Simón en los desiertos de Calanda, solo oía Buñuel, en lugar de trompetas celestiales, el sordo tronar de los tambores.

En los espejos de Ángel Gracia se reflejan también mujeres enclaustradas, como Ana Abarca de Bolea, poético fantasma de la historia

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En los espejos de Ángel Gracia se reflejan también mujeres enclaustradas, como Ana Abarca de Bolea, poético fantasma de la historia entre claustros y vaharadas de incienso. Como María Moliner, enclaustrada asimismo, pero en un templo de palabras. Como María Domínguez, emboscada por luz turgente en el sangriento espejo de la guerra civil española…

Así, rodeado de ilustres espíritus, vagando por animados cementerios, armado con el verso y la sonrisa, Ángel Gracia sigue descubriendo su mágico universo de canciones. Caminante de soledades, se detiene para beber agua de un arroyo, inquieto por si las aguas reflejarán o no su rostro. Puesto que sigue publicando sabemos de su existir, pero nada me extrañaría que vuelva a desaparecer, se encripte, enclaustre o embosque al acecho de los reflejos de las palabras en el espejo del tiempo.

¿Acaso no es eso lo que hacen los buenos poetas?

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