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El Periódico de Aragón

José Ramón Villanueva

José Ramón Villanueva Herrero

Miembro de la Fundación Bernardo Aladrén

Alianzas fatídicas

Es fundamental que los partidos aíslen a las fuerzas extremistas que socavan nuestras democracias

Los politólogos de la Universidad de Harvard Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en su libro Cómo mueren las democracias (2018) analizan en profundidad el riesgo que, para el modelo democrático, supone la convergencia de intereses entre las derechas democráticas y la extrema derecha autoritaria y filofascista, entente que califican como una «alianza fatídica».

De entrada, consideran «un error fatídico» cuando la clase política convencional entrega «voluntariamente las llaves del poder a un autócrata en ciernes», tal y como la historia nos demuestra que ocurrió en los casos de Mussolini, Hitler, y también de Fujimori o Chaves en fechas más recientes. Este hecho, motivado por la deriva de las derechas democráticas al inhibirse de su responsabilidad en la defensa de los valores y los sistemas democráticos, suele ser el primer paso hacia la autocracia. Se produce entonces una «abdicación colectiva» que permite la transferencia de la autoridad a un líder que amenaza la democracia, y que suele estar provocada por la creencia errónea en que los políticos del sistema pueden controlar a los extremistas, junto a una «connivencia ideológica», esto es, cuando el programa de los autoritarios se solapa con el de las derechas políticas del sistema, hasta el punto de que esa abdicación «resulte deseable, o al menos, preferible a las alternativas».

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«Alianzas fatídicas»

Estas «alianzas fatídicas» entre la derecha parlamentaria y los grupos emergentes de extrema derecha, que frecuentemente se producen en tiempos de crisis económica y descontento social, suponen un auténtico «pacto del diablo». Basándose en el trabajo de Juan Linz La quiebra de las democracias (1978), los citados Levitsky y Ziblatt señalan cuatro indicadores–clave que nos alertan sobre comportamientos autoritarios: el rechazo, de palabra o mediante acciones de las reglas democráticas; la negación de la legitimidad de sus oponentes políticos, a los que descalifican como subversivos, antipatriotas o de ser una amenaza para la nación; el tolerar o alentar la violencia y, por último, la voluntad de restringir las libertades civiles de sus opositores, incluidos los medios de comunicación. En conclusión, nos advierten que, «un político que cumple siquiera uno de estos criterios es causa de preocupación» y, por ello, la ciudadanía y los partidos democráticos «deben reaccionar de inmediato con objeto de mantener a los políticos autoritarios al margen del poder».

Así las cosas, resulta fundamental que los partidos aíslen a las fuerzas extremistas que socavan nuestras democracias

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Así las cosas, resulta fundamental que los partidos aíslen a las fuerzas extremistas que socavan nuestras democracias, una actitud que Nancy Bermeo denomina «distanciamiento» y que los partidos democráticos deben practicar de diversas formas tales como mantener a los líderes potencialmente autoritarios fuera de las listas electorales, «escardar de raíz a los elementos extremistas existentes en las bases del partido y, sobre todo, como enfatizan los autores citados, «eludir toda alianza con partidos o candidatos antidemocráticos y evitar así la tentación de ganar votos o de formar gobierno», esto es, lo que conocemos como un «cordón sanitario» o mejor sería decir «cordón democrático», adoptando medidas para aislar a los extremistas, en lugar de legitimarlos. Y, cuando éstos se conviertan en serios contrincantes electorales, los partidos democráticos deben asumir la necesidad de forjar un «frente común» para derrotar a los autoritarios, ya que «un frente democrático unido puede impedir que un extremista acceda al poder, cosa que, a su vez, puede comportar salvar la democracia» y, consecuentemente, lo principal es defender las instituciones, «aunque ello implique aunar temporalmente fuerzas con los adversarios más acérrimos». Y de ello tenemos ejemplos recientes: en las elecciones presidenciales de Austria de 2016 el conservador Partido Popular (ÖVP) apoyó a Alexander Van der Bellen, el candidato de izquierdas del Partido Verde, para evitar la victoria de Norbert Hofer, un radical de extrema derecha del FPÖ y, en las recientes elecciones presidenciales de Francia de 2022, todos los partidos democráticos han pedido el voto para Emmanuel Macron para evitar que la ultraderechista Marine Le Pen alcanzara el poder. En ambos casos, políticos de derechas, y también de izquierdas, dieron su apoyo a rivales ideológicos, aún a riesgo de, como señalaban Levitsky y Ziblatt, haber «enojado a gran parte de las bases de sus partidos, pero redireccionando el electorado en número suficiente como para frenar el acceso de extremistas al poder». Y es que, como dijo Stefan Schmuckenschlager, del católico Partido Popular Austríaco (ÖVP), «a veces hay que dejar de lado la política del poder para hacer lo correcto».

Viendo estos ejemplos, y situándonos en el caso de España, con el creciente entendimiento entre el PP y el radicalismo derechista de Vox, tengo serias dudas de que situaciones similares como las citadas fueran posibles para frenar el riesgo cierto de involución democrática que amenaza nuestro horizonte político.

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