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El Periódico de Aragón

Eugenio Mateo

El artículo del día

Eugenio Mateo

Narrador y poeta

Fuera de control

La anomalía climática es un hecho y las olas de calor barruntan porfiar en hacerse crónicas

¿Arde París? Preguntaba Hitler a sus generales a punto de caer la ciudad en manos del enemigo. Sabemos por la Historia que no, que no ardió; afortunadamente, un nazi con escrúpulos y sentido común desobedeció al psicópata megalómano, pero, sobre todo lo sabemos por obvio. Como aquello iba de fuego, hoy tenemos otros reales que son capaces de destruir todo lo que le salga al paso. Son nuevas tragedias medioambientales y lo peor, humanas, distintas pero parecidas a los incendios que vienen produciéndose desde hace años. Aunque esté medida, se hace difícil de imaginar la extensión real de la catástrofe si juntáramos todas las hectáreas españolas devastadas en un solo territorio.

¿España arde? Preguntan los negacionistas que no ven la tele. Por los cuatro costaos responde un cachondo preparando una barbacoa en Bergosal. ¡Maldita sea la gracia, se nos quema el futuro! Se quema el origen y el principio. Se quema nuestra imagen con el paisaje. Se retroalimenta la amenaza del desierto y tomamos el calor como único tema de conversación. El clima nos aporta una imagen de actores pasivos cuando en realidad somos tan culpables como cualquiera de ningunear al cambio climático. No atendemos a la cruda realidad cuando se posa sobre el movimiento de encogimiento de hombros, ese que hacemos instintivamente cuando no sabemos qué hacer, y nos quejamos de no poder dormir por tanto trópico.

La anomalía climática es un hecho y las olas de calor barruntan porfiar en hacerse crónicas. Algo habrá que hacer para proteger nuestra masa boscosa. Limpieza, por ejemplo. A los que nos gusta recorrer el aire libre nos sorprende ver el estado en general de los bosques y sobre todo ver los depósitos de combustible, como ramas y troncos, que se amontonan por mano humana y luego abandonadas, o simplemente como cubierta intrincada de madera atacada por el tiempo. No hablo de limpiar el sotobosque, necesario laboratorio de la vida, con sus arbustos y futuros plantones, no; se trata de preguntar por la responsabilidad de la propiedad, sea monte particular, comunal o público en el cumplimiento de la Ley 15/2006 del Gobierno de Aragón.

Cualquier andarín por los pinares del Prepirineo y Pirineos sabe de lo que hablamos. Teniendo en cuenta al pino como especie predominante en nuestros montes, la cuestión es el riesgo que se corre de avivar el fuego con toneladas de madera inservible. Puro combustible del infierno. Sumado a los factores de la extrema sequedad del ambiente y las desmesuradas temperaturas, cualquier chispa nos puede poner los pelos de punta.

Precisamente, en el momento de redactar este artículo me escribe un wasap el alcalde del municipio en el que tengo la segunda residencia contándome con fotos un par de incendios que se han originado en el término municipal en las últimas horas por los rayos de una tormenta seca. Por los vídeos de su teléfono veo las evoluciones de un helicóptero y las humaredas grises en mitad de los escarpes arbolados. Reconozco el paraje y calculo la distancia hasta la finca donde nuestras manos miman la floresta. Me tranquiliza un último mensaje: Ha pasado el susto. A pesar de ello no he podido evitar la visión de los rostros de los damnificados de tantos lugares, joyas de la naturaleza, que muestran en pantalla el dolor y el horror de haber perdido casi todo. Esta vez, el escalofrío va por ellos. Nosotros hemos tenido suerte. ¿Hasta cuándo?

El fuego es el enemigo. Nada de lo cotidiano importa tanto como luchar contra los elementos en estos momentos. La ola de calor campa por Europa. Imagino el trabajo de los fabricantes de ventiladores por incentivar la producción y haciendo el agosto en Harrods de Londres o Lafayette de París, por citar a los mejores almacenes. Europa no está acostumbrada al calor sofocante y quizá ahora entenderán mejor a los del Sur, porque ya todos somos Sur, aunque no todos tengan sus jaimas con aire acondicionado. Tendrán que ponerse al día si quieren que los turistas que los visitan vuelvan de nuevo. Tendrán/tendremos muchas cosas por cambiar, entre ellas los modos de vida. Lo que pasa es que no parece que este drama preocupe más allá de la perorata consabida en la cola del pan.

Ha llegado el momento de alzar la voz para obligar a la clase política a que cumpla sus compromisos firmados en el Acuerdo de París contra el cambio climático. Una voz airada y cargada con la suprema razón de la supervivencia, que recorra el mundo desde nuestra posición de habitantes del planeta para exigir los derechos a una vida que nos salvaguarde como especie. Una gran protesta en todas las calles de todas las ciudades al grito unánime de salvar la Tierra. Ninguna causa es más importante, ninguna, ni siquiera la paz, porque sin futuro todo es irremediable. Tenemos un reto contra nosotros mismos y ya se sabe que el que tira piedras a su tejado acaba teniendo goteras. Mientras solo nos preocupe irnos de vacaciones, será difícil poner precio exacto a la cabeza. Se devalúa peligrosamente por la ambigüedad, resignación, cobardía y mala fe. Al final, seremos ramas secas entre el fuego fuera de control.

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