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El Periódico de Aragón

Editorial

Talibanes, año uno

Al cumplirse un año de la vuelta al poder de los talibanes tras la destrucción del régimen del presidente Ashraf Ghani, las previsiones más bienintencionadas que trazaron han quedado ampliamente desmentidas por la realidad. Afganistán es hoy un país con una economía devastada por la impericia de sus gobernantes y por la falta de ayuda internacional; una sociedad sujeta a la arbitrariedad del poder y al rigor de la sharia que ha degradado el estatus de las mujeres al de ciudadanas de segunda categoría; un territorio que probablemente da cobijo de nuevo a la dirección de Al Qaeda tal como sucedió en el pasado. Estos son los frutos de la falta de previsión de Estados Unidos y sus aliados a partir del momento en que la OTAN –abril del año pasado– anunció la evacuación total de país y condenó a la derrota al régimen tutelado hasta entonces por los aliados, extremadamente débil y que nunca controló la totalidad del territorio.

Afganistán es de nuevo un problema en el corazón de Asia, un foco de inestabilidad en un entorno de por sí inestable y problemático, en el que han encontrado acomodo diferentes facciones del yihadismo. Los errores de apreciación de los analistas de la OTAN, y singularmente de la Casa Blanca, que estimaron en seis meses el tiempo que tardarían los talibanes en ocupar el poder a partir del inicio de la evacuación, se fueron al traste: en cuatro meses, del 14 abril al 15 de agosto, la movilización talibán derrotó al Ejército afgano y ocupó Kabul. A partir de ahí, la retirada fue un compendio de caos e incompetencia que dejó abandonados a su suerte a muchos de los colaboradores que trabajaron durante años para las potencias occidentales.

El simple hecho de que aún ayer llegaran a Madrid 300 excolaboradores de los ministerios españoles de Exteriores y de Defensa trae a la memoria las imágenes de desesperación que hace un año llegaron del aeropuerto de Kabul. La decisión de Joe Biden de abandonar Afganistán a toda prisa erosionó enormemente la figura presidencial poco más de medio año después de su toma de posesión, hizo que cayeran sus índices de aceptación y llevó a recordar a una parte importante de la opinión pública de Estados Unidos la derrota militar en Vietnam y la apresurada y caótica evacuación de Saigón. Desde entonces prevalece la sensación de que cuanto se hizo, según dispuso Estados Unidos, soslayó desde el principio las consecuencias que iba a tener y cuántas víctimas sumaría. Lo único que realmente se tuvo en cuenta en Washington fue la necesidad de salir del avispero cuanto antes.

Eso hizo posible una rápida ocupación de los resortes del poder por los talibanes, la consolidación de su pacto con la mayoría de señores de la guerra locales y la pronta claudicación de la resistencia en el norte del país. Y hoy es imposible corregir los efectos del desaguisado de hace un año, cuando incluso se llegó a decir que, una vez asentado el poder de los yihadistas, sería posible llegar con ellos a algunos compromisos, incluida la salvaguarda de los derechos esenciales ejercidos por las mujeres durante dos décadas. Nada de esto ha sido posible, las condiciones de los afganos se han degradado a ojos vista, los gobernantes de Kabul han vuelto a manifestarse como un grupo ajeno a las convenciones más elementales del statu quo internacional y han aislado a su país tanto como lo estuvo hasta 2001. Están en lo cierto cuantos ven en el Afganistán de hoy la imagen de un gran fracaso colectivo.

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