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El Periódico de Aragón

Sergio Ruiz Antorán

DESDE TOLVA

Sergio Ruiz Antorán

Cabezudos y cabezones

En tu primer día como neorrural cuesta entender cómo un señor blandiendo una escoba y entallado en un vestido de florecillas, con garrillas conejeras y oculto tras un cabezón con el ojo morau trepa por un muro de piedra para tener convulsiones de supuesto fornicio. Parafraseando al admirado Matías Prats: ¿¡Pero esto qué es!?

Pobre urbanita que no comprende nada de la guarrerida del figurín. Agárrense que no acaba aquí la broma. Al ratito desfilan por la vera de la gamberrada otros señores, mucho más seriotes y corteses, portando la solemne imagen del Santo Cristo, abriendo la procesión de danzantes, rapatanes, rapatanas, el clero, la Guardia Civil y todas las autoridades. La escena podría ser filmada por el propio Berlanga o salir de un guion surrealista de Luis Buñuel, encantado por el plano secuencia de somardismo.

Este año han vuelto a liarla. Sin mascarilla ni ambages. Se han transformado en una tal Georgi y su amado GR-7, han ocupado puestos preferentes en el balcón del ayuntamiento, en las misas y en lo que tocase, han montado su jaleo en su esquinita de la plaza mientas se interpretaban los solemnes dances y han estallado las consabidas sandías a petardazo limpio. Un chou.

Tras cinco años de acondicionamiento mental, mi ojo percibe, comprende y, es más, no entendería las Fiestas de Graus, que es de lo que hablamos, sin la Comparsa de Cabezudos ni su mordacidad. Sin la rubia, el payaso, Figo, el romano, los caballez… Lo de perseguir a los críos por la calle es lo de menos. Lo de más es ver a la muchachada dejar de tenerles miedo para querer ser como ellos vestidos de cabezuditos.

Las tradiciones no están exentas de traducciones. Estos festejos rurales pueden divisarse para el desconocido como bestias y soeces, según cada moralidad. Su actuación en los eventos más serios impone una agradecida pátina de sarcasmo e intrascendencia que representa una expresión libre y sin censuras de la opinión popular en este mundo en el que lo políticamente correcto castiga la parodia, que, salvo que alcance la calumnia, no se tiene que prohibir. Porque ni mata ni tortura a nadie. Salvo a las pobres sandías.

Ocho muertos van en los bous al carrer, los encierros con toros y vacas bravas, en la Comunidad Valenciana. Difícil de defender resulta la continuidad de estos espectáculos que cabezones excusan en nombre de una tradición que poco tiene que ver con misas, bailes y cabezudos.

Simplemente porque hay normas que protegen al animal. Ese es el límite, la ley. Salvo que se vea con la mirada del sadismo.

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