Zaragoza, la rebelde

La capital aragonesa fue una de las ciudades más revolucionarias de España en el siglo XIX

Luchas en la Plaza de San Francisco (actual Plaza de España) en la Cincomarzada

Luchas en la Plaza de San Francisco (actual Plaza de España) en la Cincomarzada / SERGIO Martínez Gil HISTORIADOR Y CO-DIRECTOR DE HISTORIA DE ARAGÓN

Sergio Martínez Gil

Sergio Martínez Gil

La Revolución francesa, iniciada en el año 1789, lo cambió todo (con permiso del precedente de la revolución estadounidense). El Antiguo Régimen, esa sociedad de poder absolutista dividida en estamentos privilegiados y en la que el poder lo tenían las monarquías, la nobleza y el clero, estaba ya colapsando desde hacía bastante tiempo, hasta que finalmente acabó estallando todo. Pero la eliminación de ese Antiguo Régimen y la creación paulatina de la sociedad en la que seguimos viviendo hoy en día con sus lógicas evoluciones, no fue algo de un día para otro. Fue un proceso muy largo, de varias décadas y distintas fases, pero en las que poco a poco cada país fue desarrollando sus propias revoluciones, como es también el caso de España.

En todo ese largo proceso, Zaragoza se acabó convirtiendo en una de las ciudades más rebeldes y revolucionarias de todo el país, estando metida en casi todos los saraos que se fueron preparando a lo largo del XIX y especialmente a partir de la década de 1830. Y es que a la muerte de Fernando VII en 1833, y tras varios intentos de llevar a cabo la revolución que fueron fracasando por unos u otros motivos, llegaba al trono una niña: la reina Isabel II. Al ser menor de edad se tuvo que establecer una regencia bajo el mando de su madre, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, la cual era tan o más partidaria del absolutismo que su difunto marido, el rey Fernando. Pero también sabía que esa opción ya la defendía su cuñado, Carlos María Isidro, quien a los pocos días de morir el rey se levantó en armas y se proclamó como el verdadero heredero al trono dando inicio a la Primera Guerra Carlista (1833-1840). Por eso a María Cristina no le quedó más remedio para asegurarse a sí misma el poder y el trono a su hija que apoyarse en los liberales. Pero eso sí, en los sectores más moderados para cambiar lo mínimo posible.

Así comenzó otra lucha aparte entre los mismos liberales. Por un lado, estaban aquellos que querían hacer pocos cambios, y por el otro estaba el liberalismo progresista, proclive a hacer reformas mucho más profundas y sacar adelante la revolución en España. Pero no pensemos tampoco que había unidad entre el progresismo, sino que también había diversas facciones enfrentadas en ocasiones entre sí. Mientras tanto, los moderados consiguieron acaparar el poder político en el país, quedando vetado el acceso a este por parte de los progresistas por vía legal, de modo que se empezó a acudir a la vía de las armas por medio de golpes de Estado o pronunciamientos militares. A partir de ese momento, la ciudad de Zaragoza, y también otros puntos del resto de Aragón, se convirtieron en una de las puntas de lanza del liberalismo progresista más importantes de toda España.

Ya durante la propia guerra carlista Zaragoza fue uno de los bastiones más importantes del liberalismo, especialmente en un contexto en el que las tropas carlistas estaban situadas en el Maestrazgo turolense y también en Navarra, por lo que se producían constantes ataques a pueblos a lo largo y ancho de la cuenca del Ebro, e incluso el ataque sobre la misma capital aragonesa el 5 de marzo de 1838. También veremos importantes disturbios populares en esos años, como los que se produjeron en 1835 y que tenían un importante corte anticlerical. En el ocurrido el 3 de abril de ese año, una multitud trató de asaltar el palacio arzobispal para linchar al arzobispo de Zaragoza, Bernardo Francés Caballero, a quien acusaban de ser favorable al bando carlista. No lo consiguieron, pero sí que llegaron a asaltar y quemar alguno de los conventos de la ciudad.

En las décadas siguientes, su apoyo al liberalismo progresista y a su gran adalid, el general Baldomero Espartero, provocaron que la ciudad llegara incluso a ser asediada y duramente bombardeada por el general Concha en 1843. En 1840 cayó la regencia de María Cristina y fue Espartero quien tomó su lugar, pero menos de tres años después, un nuevo pronunciamiento, esta vez del liberalismo moderado, acabó con su gobierno. Pero Zaragoza se mantuvo hasta el fin en su apoyo, lo que le costó ser bombardeada con más de 700 proyectiles en lo que se conoce como el tercer sitio de Zaragoza.

La ciudad siguió estando siempre en primera línea de la política nacional gracias a sus juntas revolucionarias, y de hecho décadas más tarde ese poso hizo que también empezara a desarrollarse en ella el movimiento obrero con los inicios de la industrialización de la ciudad, o que arraigaran en ella el republicanismo e incluso el anarquismo, siendo uno de los focos que más apoyo tuvo esta ideología en aquella España del último tercio del XIX y también a principios del XX. En definitiva, hablamos de una ciudad que apoyó el desarrollo de la revolución en España desde primera línea, y que se ganó a pulso el apelativo de Zaragoza, la rebelde.