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CRÍTICA DE MÚSICA

Canciones de la mina y el jardín

 

El cantautor aragonés Joaquín Carbonell, durante uno de sus conciertos. - EL PERIÓDICO

Por Javier Losilla
11/03/2017

Varios años después de su última entrega discográfica Joaquín Carbonell ha vuelto a los estudios de grabación para facturar El carbón y la rosa, álbum cuyo título ha tomado prestado de un libro de Concha Méndez, escritora de la Generación del 27 especialmente conocida por su obra poética, quien se exilió al comienzo de la Guerra Civil. El jueves, en buena y solvente compañía (José Luis Arrazola, guitarra; Coco Balasch, bajo; Richi Martínez, teclados y guitarra y voces; Roberto Artigas Granbob, batería, y Kalina Fernández, violín), Carbonell defendió en directo las canciones de ese disco y otras piezas en un concierto sólido, atractivamente organizado y notablemente interpretado. Dejamos el sobresaliente para cuando Joaquín no dependa tanto de la chuleta para controlar las letras, detalle que en ocasiones le obliga a estar más pendiente del continente que del contenido. Pero ya digo: El carbón y la rosa no solo es un disco globalmente bien armado; es también una propuesta resuelta con tino sobre el escenario, que crecerá según vaya rodando.

Tras abrir con Las luces encendidas y Mi patria, Carbonell entró en materia de carbón y rosas con la muy punzante Género chico, a la que siguió ese singular bolero titulado Llámame, firmado por él y el poeta Juan Leyva. El ritmo ragtime de Suavemente desganado y la cadencia mexicana de Mientes dieron paso a ¿Te crees viejo ahora? y al rock-blues A tu madre no le gusta, de acentos monchoalpuentenianos. Y hago aquí un paréntesis para anotar que en asuntos de rancheras Carbonell cita a Jorge Negrete, y Sabina, a José Alfredo Jiménez, y para aclarar a los neófitos que las posibles concomitancias entre el de Alloza y el Úbeda, que las hay, tanto textuales como musicales, son fruto de compartir una cierta mirada ( Carbonell fue primero), aunque uno la dirija más hacia Brassens y el otro hacia Dylan.

Con El beso de un ocupa (con cierto regusto a Luna de miel) y Juana tiene frío (que enlaza con su primeras y más directas producciones) retomó el hilo del álbum nuevo, no sin antes marcarse Canción para Dimitris y la excelente Me gustaría darte el mar, de su primer disco, Con la ayuda de todos (1976), a la que imprimió un aire a lo Serrat. La mala reputación (homenaje directo a Brassens); la nueva La maceta de arroz, que por seguir con el acento francés sonó muy a lo Jacques Brel y más fluida que en el disco; la ya clásica Pascual, y las también recientes De Teruel no es cualquiera, Acuérdate de mí y Dónde estabas tú conformaron la recta final de la actuación. Ya en los bises, Carbonell, espléndido de voz durante toda la velada, sacó a pasear algunas de sus querencias revisando Al Alba (Aute); la tradicional Pay me my money down, que él adaptó como Suelta la pasta ya; Dance me to the end of Love (Cohen) y Quién te cerrará los ojos (Labordeta). La consistencia del carbón y el perfume de la rosa. Gozosa combinación.

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