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El artículo del día

Ángel Alcalá. En la muerte de un sabio

El gran humanista aragonés vivió toda su vida en busca de razones y explicaciones intelectuales

 

Ángel Alcalá. En la muerte de un sabio -

ELOY Fernández Clemente
05/01/2018

Hace un mes, y parece un siglo por la lejanía física y el impacto moral. En la madrugada del 3 de diciembre moría en Nueva York, dulcemente, –tras unos meses muy duros le ocurrió durmiendo–, el gran humanista aragonés, andorrano de 1928, Ángel Alcalá Galve. Un sabio que vivió toda su vida en busca de razones y explicaciones humanas, intelectuales, espirituales y religiosas, en especial sobre el siglo de oro español y sus contradicciones. Testigo a los ocho años, en plena guerra civil, del asesinato por republicanos incontrolados de su padre, farmacéutico de la villa, y de un tío abuelo fraile, comenzaba tan tempranamente una vida atormentada, luminosa también, que en 89 años recorrió mil pasos personales y averiguaciones decisivas. Años de Seminario, desde el otoño de 1939 (Alcorisa, Zaragoza, la Pontificia de Salamanca, la Gregoriana de Roma donde se doctora en Filosofía estudiando a Santayana). Mientras, ha estado un tiempo en Bélgica trabajando en el mundo obrero, en la biblioteca del Museo Británico de Londres, en una parroquia austriaca, y años después en las ciudades alemanas Munich y Heidelberg. Atesoró una cultura enorme.

Breve coadjutor del párroco de Alcañiz, su tío Rafael Galve, catedrático del Seminario de Zaragoza, en 1955 es ya profesor en Salamanca, se doctora en Teología en Roma (esa tesis será diez años después el libro, tan importante en el Vaticano II, La Iglesia, misterio y misión). Pero opta por regresar a Zaragoza, donde es profesor del Seminario, del Instituto Goya y capellán del Cerbuna. Y en 1962 da el gran salto, a los Estados Unidos, con una beca Fulbright, y enseña desde el año siguiente en el Brooklyn College de la University City, donde desarrolla una ingente labor. Su paso definitivo al mundo laico comienza cuando se casa con la argentina María Elena Donegani con quien tendrá dos hijas en los años siguientes, María José y Luisa Elena, logrando tarde, con dificultades, el paso al estado laico. Había sido respetadísitmo (o temido) por curias y archidiócesis, y pudo haber sido un joven obispo. Pero le alejó su cuestionamiento de la aún adormecida teología católica, las burocracias vaticanas, los dogmas infumables, la lejanía intelectual respeto a la ciencia y la cultura modernas o las otras vías cristianas o judaicas. Con un conocimiento profundo de teorías y bibliografías, siguió estudiando las fronteras entre creencias y heterodoxias, el sufrimiento, el miedo, la persecución de tantas inquisiciones.

Y es a partir de 1973 cuando comienza su extensa labor de editor de textos, traductor, investigador: primeros estudios sobre Servet (de quien traducirá, con Luis Betés, la Restitución del cristianismo, 1980), Arias Montano, los Valdés, los misterios de Colón, la reina Isabel o la muerte del príncipe don Juan; y pronto el amplio mundo de los judeoconversos (es cumbre el estudio sobre fray Luis de León, cuyo proceso analiza), que expondrá en varios congresos y en Jerusalén en 1992, quinto centenario de la expulsión de España.

Ángel, que me confesó con relativa ingenuidad su sueño de haber sido propuesto por el PSOE candidato al Senado al comienzo de la transición, desairado por el desconocimiento y desprecio total de su persona desde la socialdemocracia, se iría haciendo conservador, y fundó en 1996 el PP de USA, presidiendo durante ocho años su junta rectora. En los últimos veinte años de luminosa jubilación abordaría otros temas, una gran biografía de Alcalá Zamora; un libro precioso sobre Música, pintura, poesía; la magnífica novela La infanta y el cardenal; una ópera en dos actos compuesta por Valentín Ruiz sobre Miguel Servet, sin lograr ayudas para estrenarla como apertura del año servetiano, 2011, quinto centenario del nacimiento del autor sijenense.

Como pasó con Costa o Cajal, la gente sabía, intuía, que había en él un gran sabio… y poco más. Eran temas arduos, de hilar fino y rozar asuntos chirriantes, aun ahora. No se sintió reconocido por quienes debían hacerlo, aunque se le concedió por la DGA una escasa medalla al mérito cultural (pero no el premio Aragón, que bien mereciera), en Teruel la Cruz de San Jorge por la diputación y, sobre todo, fue designado Hijo predilecto de Andorra y hace poco más de un año, el 1 de octubre de 2016, víspera de su 88 cumpleaños, recibió allí un nuevo y hermoso homenaje de amigos y vecinos que culminó con el libro Ángel Alcalá. Un humanista aragonés, escrito por colegas de medio mundo, reconocimiento a su ingente obra intelectual, literaria y académica. Tuvimos, en ese día pleno, constancia de su enorme vitalidad, su carácter comunicativo, elegante, de un hombre que, magistral al piano, cuidaba su salud con el intenso ejercicio físico, y sobre todo valoraba por encima de otros valores, la amistad, la familia, los viajes, físicos o intelectuales. Vale la pena que conste todo esto, porque en algunos medios madrileños sólo se ocuparon de la triste noticia de su muerte, cuando alguien les añadió que era «el suegro del director del Museo del Prado»”. H *Catedrático jubilado de la Universidad de Zaragoza