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Al trasluz

Campos de batalla

 

Se puede ser metodológica o ideológicamente marxista pero no hace falta para darse cuenta de la importancia del conflicto en el devenir social. La idea de una sociedad armoniosa y la de una arcadia en la tierra es más una legítima aspiración y una utopía –tal vez necesaria– que un hecho contrastado, una realidad empírica o una verdad incuestionable. No es que el ser humano sea estérilmente conflictivo es que el conflicto, la diferencia, la disputa, el enfrentamiento y en consecuencia la lucha forman parte de la forma de ver, conocer, pensar y vivir en nuestra sociedad.

Fruto de la diferencia de miradas, divergencia de intereses, la escasez de medios y por supuesto las limitaciones propias del conocimiento y el corazón humanos el conflicto no es solo irrenunciable sino que es sustancial a nosotros mismos. Ni siquiera me refiero a los conflictos internos que cada uno de nosotros alberga en su interior y capea como sabe y puede, ya es bastante con ceñirnos hoy a los conflictos que quiérase o no vertebran la vida social.

En mi opinión uno de los mayores logros de la Humanidad del que dependen y que condiciona muchos otros es el saber llegar a vías de resolución de tales conflictos alejados de los campos de batalla donde corre la sangre. Sin embargo eso no supone que los conflictos vayan a dejar de existir sino que las batallas se desenvuelven en otros escenarios y que las armas no son químicas sino jurídicas. Creo sinceramente que a menudo se minusvalora el papel e importancia del Derecho como camino en el que encontrarse para solucionar problemas. Esto que a mi juicio es vital para entender el «progreso» de toda la civilización occidental, piénsese en la importancia del Derecho Romano para la construcción y consolidación del Imperio del mismo nombre, no está en modo alguno exento de peligros. Que el Derecho en sus más diversas manifestaciones forme hoy parte de nuestra identidad, es decir, de nuestra forma de ver y de vernos no evita sino que propicia ciertos males. Como bien saben nada es perfecto y todo atrae e incluso contiene su contrario. Entre tales males solo mencionaré ahora el que proviene de las consecuencias del exceso.

Si antes y aun ahora en muchos países y lugares la acción se desenvolvía y aún desenvuelve de manera cruenta y el Derecho ha contribuido a su reducción y superación, es lógico y aún deseable que las diferencias a veces radicales se diriman en todos los escenarios posibles en los que la trama jurídica se desenvuelve, sabiendo eso sí que no siempre se trata de caminos de rosas o mejor recordando que las rosas dependen de las espinas. Que nadie se sorprenda ni rasgue las vestiduras la lucha y el conflicto son y seguirán siendo parte consustancial de la organización social y por tanto de la política. Lo cual no obsta para que entre nuestras tareas se incluya el tratar de no abusar del Derecho al que se acaba reconduciendo casi todo y casi todo es, a día de hoy, probablemente demasiado.

*Profesora de Filosofía del Derecho. Universidad de Zaragoza