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Tercera página

La escuela después del coronavirus

 

Santiago Molina Santiago Molina
22/05/2020

Existen centenares de estudios que han demostrado que las escuelas, tanto desde el punto de vista de su organización como del modo en que transmiten el saber enlatado que prescribe el currículum oficial impuesto por cada gobierno, son un reflejo de los ideales, valores y actitudes que predominan en cada sociedad. Partiendo de ese axioma, parece muy difícil lograr una modificación estructural de las escuelas sin que al mismo tiempo se modifiquen los valores sociales. Personalmente, no creo que esta brutal pandemia sea capaz de modificar nuestras creencias y valores. A lo sumo, cambiaremos los hábitos de relacionarnos físicamente por miedo al contagio. Por ello, me parece razonable introducir en nuestros centros escolares algunos cambios desde el punto de vista organizativo y didáctico.

La actual ministra de educación adelantó que el único cambio previsto para el próximo año escolar consistirá en que la mitad del alumnado recibirá enseñanza presencial en los colegios, mientras la otra mitad permanecerá confinada en casa recibiendo una enseñanza online que, tal y como se ha visto en estos últimos meses, puede consistir en atiborrar a los niños y adolescentes de ejercicios extraídos de las decenas de plataformas y editoriales que los han colgado en internet. Me parece tan demencial esa propuesta de la ministra que no creo que sea aceptada ni por las familias ni por las autoridades académicas regionales. El daño que dicha alternativa provocaría en la infancia, adolescencia y juventud es tan evidente que no merece la pena dedicar una sola línea a demostrarlo. Con el fin de evitar ese irreparable daño, me voy a tomar la licencia de presentar un modelo alternativo al propuesto por el gobierno.

Estoy convencido de que la propuesta que ofrezco a continuación no será escuchada ni por el gobierno central ni por los gobiernos regionales, tal y como ha sucedido con las propuestas que he publicado en diversos medios de comunicación para haber terminado este año escolar con una mínima dignidad, en lugar de haberlo terminado concediendo un aprobado general encubierto. Tal y como podrán comprobar los lectores, no es una alternativa que implique un cambio estructural del sistema educativo por las razones que mencioné al inicio de este artículo. Solo es una adecuación coyuntural a las exigencias que imponen los expertos en sanidad para evitar repuntes indeseados de contagios que conlleven más muertes de las que hasta ahora hemos tenido. Esta propuesta se enmarca en un modelo de escuela que denominé «escuela virtual e interactiva» (la escolarización obligatoria en el siglo XXI, 2007, ed. la muralla), que combina la enseñanza presencial y a distancia.

Antes de resumir las características de ese modelo alternativo, es necesario no perder de vista que todos los estudiantes tendrían que realizar una parte de su trabajo curricular de forma presencial y otra online. El cincuenta por ciento del alumnado recibiría enseñanza presencial por las mañanas y enseñanza online por las tardes, y la otra mitad al revés. Obviamente, el criterio para determinar la distribución de los alumnos en ambos tipos de escolarización dependería de la distribución de la jornada laboral de los padres y de las madres. Tal y como dicta el sentido común, ese planteamiento requiere, desde el principio hasta la finalización del año escolar, la contratación de un número de profesores semejante al que hoy existe en plantilla, pero en cambio no requiere ninguna modificación del espacio escolar. No obstante, hay que reconocer que exige una planificación del curso más compleja que la que es propia de la escuela tradicional.

Tanto los centros como los usuarios (los alumnos) necesitan disponer de unos determinados recursos informáticos. Igualmente, en cada colegio es absolutamente imprescindible que exista un servidor central perfectamente dotado de toda la información que supuestamente van a requerir los usuarios de su área de influencia y, a la vez, que esa información esté perfectamente clasificada y protocolizada para facilitar el uso de la misma. Por otra parte, el profesorado tendrá que disponer de unos conocimientos informáticos adecuados, aun estando auxiliado siempre por unos buenos técnicos en informática, además de los que ya posee en psicopedagogía y en las respectivas áreas de conocimiento de su incumbencia. Ni que decir tiene que los docentes tendrán que distribuir su horario laboral de forma adecuada para satisfacer estos tres tipos de actividades: actualización de los contenidos y del formato del servidor central, atención a los alumnos on line e impartición de clases presenciales.

Por lo que se refiere al alumnado, tendrá que disponer en sus domicilios de un correcto equipamiento informático con conexión a internet, el cual debería ser distribuido gratuitamente por parte de las administraciones educativas a aquellas familias con bajos recursos económicos. Obviamente, todos los alumnos necesitan disponer de unos conocimientos en informática, como mínimo, a nivel de usuarios competentes. Asimismo, para evitar que la parte de la enseñanza online no se reduzca a la realización de ingentes cantidades de ejercicios relacionados con los contenidos adquiridos a través de la enseñanza presencial, el profesorado tendría que fomentar en el alumnado el aprendizaje de un valor social absolutamente fundamental para el respeto de la diversidad, consistente en el fomento de la ayuda desinteresada entre compañeros. Cada vez que alguno de ellos lanzara un S.O.S. por internet al encontrarse con algún problema irresoluble, no sólo en relación con los aprendizajes académicos, sino también referido a aspectos personales y sociales, otro u otros compañeros saldrían a su encuentro para ayudarle. Como es bien sabido, esta especie de comunidades o de redes de aprendizaje naturales ya es una realidad hoy en día entre los usuarios habituales de internet.

Lógicamente, la implantación de este nuevo modelo de enseñanza virtual e interactiva traerá consigo nuevos e imprevistos problemas (no se olvide que no estamos hablando de la clásica enseñanza a distancia). Sin embargo, esos hipotéticos problemas podrán resolverse con relativa facilidad, debido a la extraordinaria flexibilidad que conlleva dicho modelo y a las casi infinitas posibilidades de las tecnologías de la información y de la comunicación.

*Catedrático jubilado, Universidad de Zaragoza

 
 
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