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Sala de máquinas

Crímenes máximos en una mínima isla

 

Juan Bolea Juan Bolea
29/09/2014

El cine español ha salido reforzado del reciente Festival de San Sebastián.

Este año, los señores del Jurado no han descubierto joyas "de culto" ni filmes montenegrinos con los que azotar a los espectadores, ni ninguna de esas simpáticas y siempre subvencionadas comedietas madrileñas que constatan que los guionistas siguen en la fiesta del instituto y que nuestros galanes continúan sin aprender a vocalizar, y han destacado buenas y sólidas historias erigidas sobre buenos y sólidos argumentos.

Una de ellas, La isla mínima, dirigida por Alberto Rodríguez, propone, sobre el sórdido telón del caso de las niñas de Alcasser, un episodio de crímenes juveniles ambientados en el profundo sur andaluz, en una comunidad de jornaleros, pescadores y cazadores furtivos que sobreviven en las marismas.

La fecha del relato cinematográfico, 1980, es tan poco casual como la elección del espacio escénico. En la frontera justa de la Transición española, los coletazos del franquismo se encarnarán en uno de los policías (Javier Gutiérrez, elegido mejor actor en el Festival de San Sebastián) que investiga las muertes de las niñas, un antiguo agente de la tristemente célebre brigada política--social. Su inquietante presencia, unida a la sordidez ambiental, al acendrado machismo de puertas adentro, a la desesperanza de una juventud condenada a envejecer en una tierra sin futuro conferirá a la película un aire claustrofóbico, "negro", realmente, en la línea de las non--fiction stories avaladas por Truman Capote o Norman Mailer. Precisamente, uno de los personajes de La isla mínima, un reportero del legendario periódico El Caso, cita varias veces al autor de A sangre fría.

Gracias a un excelente tratamiento de los personajes, el director sale asimismo airoso en el plano psicológico, dotando a los caracteres de variedad, contraste y profundidad. Los dos policías protagonistas tienen una vida presente o un pasado que ocultar. Su dureza se pondrá a prueba frente a un elenco de personajes desarraigados y sórdidos elementos consustanciales al lugar donde una chica tras otra es torturada y asesinada. En una isla no tan mínima, perdida en las marismas del sur. Isla, además de cinematográfica, metafórica de una parte de la naturaleza humana que no siempre nos gusta descubrir. Aquélla que, de pronto, entra en contacto con el mal y lo pervierte todo.

 

 
 
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