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El Periódico de Aragón

Ángela Labordeta

El triángulo

Ángela Labordeta

Vuelva usted mañana

Vuelva usted mañana fue una expresión acuñada por Mariano José de Larra en uno de sus artículos, donde con sarcasmo e ironía explicaba el carácter de los españoles que siempre encontraban un motivo –la siesta, los toros, una comida, la partida o un paseo– para decir vuelva usted mañana y dejar el asunto aletargado en el tiempo sin darle respuesta ni salida. Hoy el Vuelva usted mañana tiene unas connotaciones algo diferentes y mucho más perversas, porque quien te atiende carece de alma, tiene cero empatía y solo sabe dar soluciones a las respuestas para las que ha sido programado.

La era digital nos ha convertido en víctimas de un sistema creado para facilitarnos la vida y que sin embargo se ha convertido en una condena de la que no podemos liberarnos y de la que somos esclavos, sin entender muy bien por qué cuando llamamos a la Fábrica de Moneda y Timbre, solicitando ayuda para obtener el certificado para la firma electrónica no hay nadie al otro lado, solo una voz grabada que te informa de diferentes direcciones web para poder tramitar este u otro asunto o bien te da distintos números de teléfono para resolver tus dudas con el fin de que obtengas el ansiado certificado, que a ti te parece una maldición porque al final siempre hay algo que sale mal, ya que o bien el ordenador donde conseguiste descargarlo no es el idóneo, o simplemente el código de acceso no responde a la contraseña exigida, esa que un día apuntaste en un papel que ya no sabes dónde está. Pero que completes correctamente los pasos no es más que una ilusión, ya que, aunque apuntes todos los teléfonos que se te facilitaron, atónita y desesperada compruebas que uno te lleva a otro como si de un endiablado círculo se tratara, sin que obtengas respuestas a tus infinitas dudas, porque no hay nadie, solo una voz metálica que repite impertérrita el mismo mensaje llames al número que llames. Entonces te cabreas, te cabreas mucho y lo peor de todo es que no sabes con quién, porque al otro lado no hay nadie y en este estás tú sola que te consideras imbécil por ser incapaz de descargarte un código que tienes que presentar en Hacienda, donde ya has pedido cita previa gracias a un sistema online retorcido y ambiguo. Es en ese preciso instante cuando reventarías el ordenador, que no tiene culpa alguna, y te entran ganas de llorar, aunque no lo haces porque sabes que no va a servir de nada y piensas si serás la única española a la que la Administración, a través de máquinas imperfectas, le dice: vuelva usted mañana.

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