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El Periódico de Aragón

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Atenas y Neopatria

En el siglo XIV la Corona de Aragón alcanzó su máxima extensión territorial al ejercer Pedro IV su dominio sobre Atenas y Neopatria

El Partenón de Atenas, donde ondeó el Señal Real.

Es uno de los hechos más conocidos de la historia de la Corona de Aragón que esta ejerció la soberanía de dos ducados situados en Grecia, Atenas y Neopatria. Y es normal, ya que en realidad llama muchísimo la atención la imagen mental de ver ondear las barras del Señal Real en lo alto de un edificio tan icónico para la cultura clásica, europea y mundial como es el Partenón de Atenas.

Pedro IV de Aragón era al parecer lo que podríamos llamar una persona enclenque. Sabía que no iba a ser un gran rey que se pusiera en primera línea de batalla y liderara personalmente a sus huestes contra sus enemigos, como habían hecho algunos de sus antepasados como Ramiro I, Alfonso I, Pedro II o Jaime I, por poner solo algunos ejemplos. Pero había otras maneras de alcanzar la grandeza y pasar a la historia como uno de los monarcas más importantes de la historia aragonesa. Una de ellas era cultivar el intelecto, y desde luego Pedro lo consiguió, pues pocos monarcas de su época mostraron la enorme astucia de la que hizo gala a lo largo de su reinado. Muestra de ello son las bibliotecas personales que tenía, por ejemplo, en el palacio real de la Aljafería, cuando visitaba la corte aragonesa. Pedro IV era además un gran amante de la Cultura Clásica y de la Antigüedad, de ahí que no sea tan raro que ordenara que hubiera una bandera con su pendón ondeando en lo alto del Partenón ateniense.

Pero más allá de esto y de ser un hecho tan conocido, no lo es tanto el cómo los ducados de Atenas y Neopatria llegaron a ser parte de la Corona de Aragón, aunque fuera durante unos pocos años. Para eso nos tenemos que ir atrás en el tiempo unos cuantos siglos, incluso hasta la caída del Imperio romano en el año 476.

Pedro IV de Aragón.

Pedro IV de Aragón.

Este se había dividido varias décadas antes en dos partes, el Imperio romano occidental y el oriental, este último con capital en Constantinopla, la actual Estambul. El Imperio romano oriental, también conocido como Imperio bizantino, siguió existiendo durante un milenio más y, a pesar de las diferentes crisis que sufrió siguió siendo durante mucho tiempo una de las grandes potencias del Mediterráneo oriental. Pero todo cambió en el año 1204, cuando la Cuarta Cruzada, convocada para volver a recuperar Jerusalén y los Santos Lugares para la cristiandad, decidió cambiar su objetivo y acabó atacando a la ciudad imperial de Constantinopla, que fue sometida a una tremenda matanza y un brutal saqueo de los que nunca se recuperó. Y es que aunque «bizantinos» y cruzados eran todos cristianos, los primeros pertenecían a la Iglesia ortodoxa y los segundos a la Católica, manteniendo un pique considerable desde hacía tiempo, por no hablar de los intereses comerciales que tenía por ejemplo Venecia, a la que le vino muy bien el ataque a Constantinopla.

Los Cruzados acabaron ocupando buena parte del territorio imperial bizantino, que por entonces se extendía por parte de Anatolia y los Balcanes incluyendo Grecia y creando el Imperio Latino de Oriente, un fiasco que apenas duró unas décadas hasta que los emperadores bizantinos recuperaron la capital. Pero el golpe sufrido fue brutal, y la decadencia bizantina sería lenta pero imparable, viéndose acorralada por enemigos exteriores como los turcos otomanos, los búlgaros, etc. Ante esas amenazas comenzaron a contratar a compañías de mercenarios que les ayudaran en sus luchas, y ese fue el caso de la compañía almogávar liderada por Roger de Flor. Hasta Oriente se fueron en el año 1303 para luchar contra los otomanos logrando grandes victorias, pero también muchas envidias que provocaron la traición y el asesinato de muchos de los líderes almogávares durante un banquete organizado por el heredero al trono bizantino.

Estanbul, antigua Constantinopla, donde los almogávares fueron traicionados. SEDAT SUNA / EFE

La venganza de los almogávares no se hizo esperar y fue terrible, pasando varios años arrasando toda la región de Tracia hasta que, sin haber ya nada que rapiñar, decidieron poner rumbo hacia Grecia. Una región que tras el golpe de la Cuarta Cruzada se había disgregado en varios territorios en manos de diversos señores feudales procedentes de Francia o de la península itálica. Hasta allí llegaron y, tras varias luchas, los almogávares acabaron haciéndose con el ducado de Atenas y después con el sur del reino de Tesalia, donde fundaron el ducado de Neopatria. Allí se asentaron los almogávares proclamándose vasallos de los reyes de Sicilia, que formaban parte de la Casa de Aragón, hasta que en 1379 y ante la cada vez más complicada situación política que se vivía en los Balcanes acudieron a la protección de Pedro IV de Aragón, declarándose sus vasallos y pidiendo la incorporación de estos territorios a la Corona de Aragón. Y así fue, aunque poco duraría ese dominio, pues ante la falta de recursos para defenderlos se perdió Atenas en 1388 y Neopatria en 1390. Pero durante unos años las barras de los Aragón ondearon en lo alto del Partenón de Atenas.

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