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Ramón Acín en el Rincón de Goya

 

Chus Tudelilla Chus Tudelilla
24/03/2019

«No esperar a ser un sol que se pone» era la máxima de Gracián que, según Felipe Aláiz, mejor convenía a Ramón Acín (Huesca, 1888-Fusilado en el cementerio de Huesca, 1936), tras su exitosa primera individual en las galerías Dalmau de Barcelona, en diciembre de 1929, a la que había llevado su carné de Europa. Acín dibuja con pincel, y en sus esculturas usa hojalata y aluminio, y también papel, como en El agarrotado; El tren –escribió Aláiz en La Noche– no es ni expreso ni de bazar, es «un tren sintético cargado de rectángulos sucesivos que son vagones frontales de techo malo, el tren que tiene maravillosos planos de quita y pon...». Ramón Acín es un elemento difícil de catalogar, concluyó José Jarne en La Tierra; un temperamento artístico inquieto. Un aristócrata de abajo. Un valor local que ha triunfado en Barcelona. El 17 de enero de 1930, La Voz de Aragón informó que Acín proyectaba exponer en el Rincón de Goya durante la primavera. Manuel del Arco se coló en su estudio de Huesca, lo más parecido a la trastienda de un anticuario o a un día de feria en el Rastro, donde le entrevistó para Huesca Ilustrada. Planes próximos: exponer en el Rincón de Goya, escribir y estudiar. Le interesaban los artistas de vanguardia, Goya y los primeros italianos que tanta influencia tenían en su obra.

Cartel de la exposición de Acín en el Rincón de Goya, en 1930.

Finalmente, el Sindicato de Iniciativa y Propaganda de Aragón cedió a Ramón Acín el Rincón de Goya, que en esos momentos estaba amueblando y acondicionando, para celebrar su exposición entre los días 25 de mayo y 11 de junio de 1930. Con tal motivo, Acín diseñó un cartel y un díptico que incluía la relación de las 70 obras seleccionadas junto a un breve texto: «Expongo en el Rincón de Goya, porque en Zaragoza no encontré marco mejor para mis obras; arquitectura y obras hijas de nuestro tiempo; tiempo no sé yo si mejor o no que los otros, pero distinto afortunadamente, con llena y activa y fecunda personalidad. Me es grato también exponer en el Rincón de Goya por lo que este tiene de homenaje al maestro de Fuendetodos, aunque, si bien mi corazón va con Goya, hoy por hoy, mi cabeza va con Leonardo. Exponer en el Rincón de Goya, a media legua de Zaragoza, habrá de restarme un noventa por ciento –quedo corto quizá– de visitantes: lo sé. Todos saldremos ganando. Ese noventa por cien, porque se ahorrará el ver mis obras; el diez restante porque las verá mejor, y yo, porque no tendré que ver a los que no tienen por qué verlas y veré que las vean bien los que las deban ver. Mi arte no es iniciación; no es para los que van al arte, sino para los están de vuelta. Si llueve, me quedo sin el diez por cien de visitantes. Me veré cumplido contemplando yo solo mis obras, modestas, pero mías, en el recogimiento del Rincón de Goya; envueltas en su luz».

Acín, que había defendido con un manifiesto el Rincón de Goya de Mercadal, enfrentándose a casi todos, quiso darle contenido a pesar de la distancia que separaba el edificio de la ciudad y del riesgo de lluvias, que cayeron torrenciales. Pero eso sí, muy cerca del Banco de lectura que, por encargo del Ayuntamiento de Zaragoza, realizó a la memoria de su amigo, Luis López Allué, escritor, director de El Diario de Huesca y alcalde de esa ciudad, fallecido en 1928. Acín había diseñado un monumento muy sencillo, sin pedestal, acorde con los nuevos planteamientos de escultura pública: un doble banco, unido por el podio central –en el que se sitúa el relieve del rostro de López Allué y un texto hoy ilegible: «Zaragoza a Luis López Allué»–, extiende sus brazos, en ángulo recto, invitando a la lectura y a la contemplación del paisaje. Se colocó en enero de 1930. No hubo inauguración oficial. Su exposición en el Rincón de Goya pudo abrirse sin más, que tampoco esperaba mucho. Los mediocres Hermanos Albareda se quejaron del barrizal y de la mala idea de emplazar una biblioteca a semejante distancia del centro, pero les gustó la luz tranquila y apacible que envolvía las obras de Acín, la mayoría incongruentes, por lo que determinaron que el Rincón de Goya debía destinarse a exposiciones de vanguardia: «es el criterio que se sigue con las enfermedades infecciosas: alejarlas de los núcleos urbanos». Se quedaron solos.

'Crucificado', maqueta en cartulina.

Para Marín Sancho, la decisión de Acín era un signo de valentía y su espíritu inquieto lo impregnaba todo. «Goteaba cuando hemos salido de ver la exposición de Acín. Salimos a un tiempo cuatro personas, los únicos visitantes que había en esta lluviosa mañana de mayo [...] Estamos en pleno jardín del Rincón de Goya. ¡Qué ricos olores! Nos miramos los cuatro y un solo comentario nos comunicamos: ¡Qué bien están estas cosas de Acín! Cuando suba mucho público a ver las exposiciones que aquí se hagan, las obras de artistas como Acín nos parecerán anticuadas. Pían unos gorriones por el Parque de Buenavista (yo siempre lo he llamado así y lo llamaré toda mi vida; los demás que lo llamen como quieran). En la exposición ha quedado con ganas de salir una pajarica de papel que hay en dorada jaula, y a la que quería haberle dado cañamones. Otro día vendré» (La Voz de Aragón, 31 mayo). «Esa pajarita blanca, de papel, que está en su jaula verde, presidiendo la exposición, es el complemento de humor de Ramón Acín», escribió Gil Bel en La Gaceta Literaria (15 junio): «Ninguna exposición más completa. Por eso, cuando Acín dice que se honra exponiendo en el goyesco Rincón, [...] hay que decir que el Rincón, a su vez, se honra exponiéndolo a él. Que por si fuera poco, nos deja dicho en su catálogo: Me es grato... envueltas en su luz». Eloy Yanguas (Cierzo, 5 junio) no tenía dudas, desde la exposición de Berdejo-Pelegrín no se había respirado en Zaragoza atmósfera de auténtico arte: cuando entraron en la de Acín se le ensanchó el alma. «Acín trabaja metales, modela, graba, construye, dibuja, pero es, fundamentalmente, sobre todo esto, pintor, y quizás antes que pintor, hombre selecto; queremos decir que su sensibilidad no lo es a ultranza, que sujeta su arte a normas austeras, estrictas, que hay en él un ansia de perfección, de probidad, de disciplina, que hace que ante su obra pensemos mucho en él».

La clausura de la exposición tuvo lugar el miércoles 11 de junio, al atardecer. Un grupo de amigos acompañó al artista y juntos escucharon en el salón grande del Rincón de Goya, tenuemente iluminado por la mortecina luz del caer de la tarde, el recital del violinista oscense Joaquín Roig que interpretó Chacona y Adagio de la primera sonata y Preludio de la sexta de Bach. Salieron los amigos del Rincón de Goya y antes de atravesar el parque dejaron una hoja de palma en el Banco de Acín a López Allué. Sin discursos, ni fotógrafos, ni chisteras.

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