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UNA COSA DE LOCOS

La terapia

 

Fran Osambela Fran Osambela
28/06/2019

Nunca había tenido un grupo tan difícil. Un historiador experto en la primera guerra mundial que tenía reproducida en su casa la batalla del Somme a escala; una directora de banco que había cogido de extranjis dinero de la caja para pagarse la dentadura; un cantador de jotas gay cuyo gran secreto era que no sabía leer ni escribir; una secretaria judicial que sostenía que había enseñado a beber cubatas a José María Aznar; y un policía que de joven estuvo involucrado en una trama para robar el Torico, y que en su niñez, siendo infantico del Pilar, pasó dos días atrapado dentro del órgano de la basílica.

La lista la cerraban un joven comercial de una firma de extintores a quien su jefa, 20 años mayor, fotocopió de arriba abajo una noche de inventario en la oficina; y una taxista que había superado una perforación de estómago en pleno viaje al Sáhara (estos dos dejaron la terapia antes de tiempo).

Aunque en principio no parecían casos extremos, todos ellos terminaron en su gabinete tras ser diagnosticados por el psiquiatra como suicidas potenciales. A todos trató de forma individual y coral en el que sin duda fue el mayor desafío de su larga carrera como psicólogo clínico. Tras escuchar sus reflexiones, inquietudes y sentimientos semana tras semana, se obsesionó con ellos hasta el punto de abandonar su plaza en la facultad y caer en la tentación de ponerse a sí mismo como ejemplo, algo impensable hasta entonces.

Les explicó cómo tras cuidar durante 35 años de su esposa, a quien, tras quedar parapléjica, siempre sacó a pasear cada mañana en su silla de ruedas, la perdió el mismo mes en que también fallecieron su hija y su nieta en un accidente. Les detalló y analizó todas las fases del dolor y les ayudó a concebir la vida desde la seguridad que otorga la superación de los malos momentos. Se entregó con ellos como nunca había hecho.

Tras recibir el alta, todos los veranos el grupo se ha reunido en torno a un asado para comentar los avances de su nueva vida. Pero este año el profesor ha sido el gran ausente. Nadie ha vuelto a saber de él desde que una mañana de febrero le vieron dirigirse hacia la orilla del río arrastrando una silla de ruedas vacía.