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...Y la música me baile

 

Chus Fernández Chus Fernández
19/01/2019

Durante las fiestas del Pilar, hace un puñado de años, pudimos disfrutar, en el teatro Fleta, del cabaret Tropicana De Santiago de Cuba.

Colaboré con ellos como técnico de iluminación y atendiéndoles en los traslados, sobre todo a tomar algo después de la función.

Casi todas las noches coincidíamos con los músicos de la Fiesta de la Cerveza, cuya producción artística correspondía a la misma empresa que me había contratado.  Los  casi dos metros de altura de Hans, bombardino de la banda tedesca, facilitaba que nos sirvieran antes que a los demás, mientras sonaba salsa en el pub la Isla. En el tumulto del bar, el camarero veía por encima de todos una cabeza rubia y unas manos, indicando el número de birras que queríamos.

A veces se arrancaba a bailar la pareja principal del ballet Tropicana y la gente se retiraba para permitir algo de espacio y ver de cerca  a dos de los grandes bailarines de Cuba.

No había prisa en ir al hotel, así que cuando me presenté un día a las 10 de la mañana en el hall, ninguno de los artistas del cabaret me estaba esperando.

En poco rato, después de varios avisos a las habitaciones,  conseguimos marchar,  con la furgoneta llena de caras de sueño, a la Feria de Muestras, donde esperaban nuestra presencia en el estand de una conocida marca de licor.

Apenas llegamos, unas cuantas sillas sirvieron, casi, para volver a retomar el sueño.

No duró mucho el relax, pues enseguida el responsable de la megafonía se encargó de que la rumba cubana alegrase el aire del estand y alrededores.

En pocos segundos las sillas estaban vacías; toda la compañía estaba bailando. ¿Quiéen había dado la orden?

Fue entonces cuando recordé un poema de Malawi que acaba con estas palabras: “Estaré vivo mientras el aire me respire y la música me baile”.