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Tercera página

La España vacía

Asistimos a un proceso de urbanización o destierro que parece imparable en todo el mundo

 

La España vacía -

José Bada José Bada
23/04/2019

Ese es el tema. Pero el problema de fondo no es la despoblación del territorio; que eso pertenece a la geografía humana y a la demografía, y es asunto que compete a la ordenación del territorio. Por tanto nada que pueda resolverse con medidas meramente políticas o recursos económicos para asentar la población o fijarla sobre el territorio. Lo que pasa en la España vacía es más de lo mismo que pasa en un mundo que va sobre ruedas sin que nadie conozca el destino y hacia dónde vamos a parar. Como si la humanidad entera, hecha del mismo barro – del humus o de la tierra- estuviera en trance de despegarse de ella y se concentrara en las ciudades sobre el asfalto dispuesta a salir volando. Asistimos a un proceso de urbanización o destierro que parece imparable en todo el mundo, donde más de una sola ciudad alcanza ya una población aproximada a la que tiene España.

Pero ese no es el problema de fondo, como queda dicho. Sino el escándalo que solo nos hace hablar, cuando debería darnos más para pensar. El tema de la España vacía oculta lo que deberíamos ver y pensar con mucha más preocupación. Lo que sucede en todas partes - incluso en los pueblos que no pierden habitantes- es que los pueblos se deshacen o despueblan en otro sentido. Como pasa en el mío – es un decir, pues ya no existe- que los pierde pero menos y sin embargo ya no reconozco. Y como tantos otros con las calles vacías, y las casas sin hogar ni el viejo en su rincón que antes no podía faltar. Que se parecen tanto a los pisos de la capital, donde tampoco falta el televisor y alguien tendido en el sofá que no está en casa para nadie que venga de fuera.

Los pueblos de la España vacía se quedan sin vecinos en ejercicio aunque estén empadronados allí o tengan incluso el cuerpo sin estar para nadie. Los habitantes del lugar son ciudadanos ocultos o vergonzantes: quieren y no pueden vivir como los que viven ostensiblemente en las ciudades. En las ciudades los urbanitas se ven más en la calle -la gente, quiero decir- pero tampoco se encuentra personalmente ni bajan a la calle para encontrarse salvo raras excepciones.

Lo que se pierde en casi todos los pueblos aunque no pierdan habitantes es toda una forma de vida. Y eso, amigos, es el problema de fondo. La causa de la España vacía, y este el efecto que lamentamos. Para vivir como en las ciudades es preferible vivir en ellas. Porque siempre el original será mejor que la copia. Pues eso, no hace falta darle vueltas.

La cultura es una forma de vida y al servicio de la vida que llevamos . Ya sea para vivir a tope , y eso es desvivirse por otros y con otros. O para sacar de ella lo que uno pueda. La razón instrumental, técnicamente más desarrollada, va siempre a lo suyo, es más competitiva y en tal sentido más profesional. Es un saber hacer cualquier cosa. Y para eso sirven las dos manos: para coger, abarcar. trabajar, manejar, y dar golpes... Sin pillarse los dedos, claro, que puede suceder sin embargo por accidente. Y menos para abrazar y comprender, aunque también siempre que mande la buena voluntad: la otra razón, la del corazón que también las tiene y no sólo la cabeza. El corazón que es por supuesto más cordial y más entrañable, más profundo y más abierto. El motor de la vida, la fuente de donde viene el agua que canta: el silencio que ama. Y al hacer la vida - que no es cualquier cosa sino convivencia- nos hace también humanos.

Antes de deshacerse o despoblarse, en los pueblos se cuidaba más todo lo concreto: lo que nacía y crecía en el mundo de la vida, y se cultivaba la relación con los vecinos. En ese cultivo destacaba la mujer por su cuidado, del que no siempre aprendimos los hombres más diestros y siniestros en hacer cosas. La igualdad en derechos de las personas no me impide reconocer la diferencia entre unos y otras y aprender lo mejor de las otras. Pensando en un futuro mejor para todos pienso en mi madre y en todas las mujeres, en su excelencia que es el cuidado y no es precisamente un legado masculino. Y al pensar en la España vacía – no menos que en los viejos y en los niños - pienso más en el amor y el cuidado que en las leyes y el dinero.

Desde el recuerdo propongo poner la esperanza a trabajar, y pienso en el cuidado. No es un sueño, es una corazonada como flor en primavera. Y me hago esta pregunta: ¿Por qué diantres o diablos no cuidamos de los viejos y los niños en los pueblos en vez de concentrarlos en la ciudades y aparcarlos en las escuelas y colegios, asilos y residencias donde aumentan y crecen como tumores extraños del cuerpo social? De ser así, la España vacía y sin corazón, tendría en los pueblos su corazón lleno. Y muchos más habitantes con corazón. Menos casas vacías y casi todas abiertas. Sin concentrar a nadie ni concentrarse. Libres en la calle y en la propia casa. Libres al aire libre, acompañados y en compañía. Conviviendo, no muriendo aparcados y apartados. ¡Cuidado! Lo dicho es una flor en primavera que promete el fruto cierto... si apostamos.

*Filósofo