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El triángulo

Mujeres, tendederos y chismorreos

 

José Antonio Gallego. - UNPLASH

Ángela Labordeta Ángela Labordeta
06/04/2021

Había varias normas no escritas y una de ellas era dejar de respirar cuando los sonidos violentos de la casa de al lado se colaban a través de los tabiques. Dejábamos de respirar, imagino, para pasar inadvertidas y sentirnos algo menos culpables, al no ser capaces de exigirle que la dejara en paz ni de arañar su puerta hasta que los gritos cesaran y ella, como si nada hubiera pasado, llamara a nuestra puerta y nos dijera: «Hoy toca lavar el coche. ¿Me acompañáis?». Nos encantaba estar con ella.

Pero en todos los años en los que vivimos puerta con puerta, mi hermana y yo no fuimos capaces porque el tipo nos daba miedo, era nuestro vecino y a diario coincidíamos en el ascensor y entonces se convertía en un ser muy educado que sacaba caramelos de su americana perfectamente planchada y con una sonrisa que a nosotras nos daba asco, nos deseaba un feliz día «escolarmente soleado», maullaba. De mañana parecía un gato inofensivo y sin embargo a través de las paredes se convertía en un felino perverso y traidor.

De todos aquellos años en los que compartimos rellano y ascensor no guardo más imagen de aquel hombre que la de un tipo perfectamente trajeado ofreciéndonos caramelos; también recuerdo en seco pentagrama el eco de los gritos que se colaban por las paredes y que salvo mi hermana y yo nadie más parecía escuchar ni en la planta ni en el resto del edificio.

Éramos familias de clase media y las cosas feas no pasaban en las familias de clase media que vivían en barrios de nueva construcción y en casas con calefacción central y garaje propio. Y si lo recuerdo así, es porque a finales de los setenta esa era una realidad de la que nadie hablaba y que todo el mundo toleraba, porque las mujeres ya tenían suficiente con sus chismorreos en horas tendidas al sol. Sin embargo en aquella casa los tendederos daban al norte y nunca les daba el sol y por eso las mujeres no jugaban entre sábanas azotadas por el cierzo, ni se contaban las cosas que solo entre ellas y para ellas existen.

Un día el matrimonio del 5º C desapareció y mi hermana y yo respiramos con cierta tranquilidad porque los gritos por fin iban a cesar; luego descubrimos que hay demasiados 5º C y demasiado miedo y demasiada culpa que condena a las mujeres sin juicio previo y por castigo divino. A veces, cuando el verano se pone sobre la ciudad y todas las ventanas de todas las casas están abiertas, escucho la voz de doña Rosario, así se llamaba la mujer del tipo perfectamente trajeado. No escucho los gritos, la escucho a ella cantando suavemente; es la hora de la siesta y el tipo no está en casa y ella es feliz en esa infelicidad silenciosa y vergonzante que estalla por debajo de las puertas y a través de los tabiques. 

 
 
1 Comentario
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Por PilarB 10:26 - 07.04.2021

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Perfectamente explicado. Yo, que estoy muy concienciada en esto de llamar a la policía si oyes algo que no es normal, he tenido varias experiencias, desde que un policía me dijera que llamara siempre que escuchara algo (los vecinos negaron que tuviesen ningún problema), hasta que insinuara que no molestase por eso... A esa respuesta le contesté que SIEMPRE que oyera algo (tipo, "eres un inútil" "estoy hasta los cojones" "cállate y no me contestes") a voces que se oian por toda la escalera, seguiría llamando. Porque después del grito, viene la bofetada. Y ya he visto demasiadas mujeres que tropiezan con las puertas.

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