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LA CRÓNICA DE ALFONSO HERNÁNDEZ

En algún lugar sobre el arcoíris

 

Chimy intenta dominar el balón en una postura acrobática. - EFE

Alfonso Hernández Alfonso Hernández
24/04/2019

El mérito está en conseguir la victoria, sin duda, pero en este Huesca que cuelga del abismo sin piolets, ni camprones, ni cuerdas, ni herramienta alguna de seguridad para escalar el macizo helado que tiene delante, sobresale su rebeldía frente a lo imposible. Contra el Eibar aprovechó la fuerza de la avalancha que se le viene encima para impulsarse y enterrar a un rival retraído, irreconocible por las bajas y por su nula combatitividad. Sí, hablamos del Eibar de Mendilibar. Ha aprendido el equipo de Francisco un lenguaje distinto, el de la supervivencia, y en su diccionario la esperanza y la fe han sido sustituidas por una constante de seguir jugando al fútbol descargado de tragedias y desgracias. Vive al día y no piensa en el mañana. Y lo hace sin perder y esta vez ganando. ¿La permanencia? Palabras mayores. Con este triunfo abandona la última plaza y se llena de orgullo que compartir con su afición. No es poca cosa.

Finalizada la primera parte sin goles ni nada que llevarse al paladar, con los porteros tan inmaculados en sus vestimentas que se podrían haber ido de boda, no se preveía una segunda mitad distinta. La pérdida a granel de balones por imprecisiones, prisas y desajustes transformaron el encuentro en algo muy complicado de digerir. Francisco se expuso con tan solo dos centrocampistas de contención, Musto y Herrera, y cuatro lanzas en punta, Ferreiro, Cucho, Gallego y Chimy. Apenas hubo noticias de ellos y fue Etxeita quien tuvo la única ocasión en un cabezazo que escupió la cruceta. El conjunto armero sufrió pronto las bajas de Kike García, con una brecha en la cara al disputar una pelota con Mantovani, y Diop, que se se marchó con molestias físicas. Por lo demás, nada de más. El Eibar tenaz y aguerrido de Ipurúa no soltó un solo zarpazo en El Alcoraz.

El campo rápido y la lluvia se hicieron molestos, pero no lo suficiente para un Huesca que regresó del descanso con fuego en la mirada, esta vez reñido con el nuevo empate que le empujaba al vacío sin remisión. Cucho puso un centro al área y Enric Gallego se sacó de la chistera un taconazo maravilloso con el que superó a su marcador y a Dmitrovic, que cubría bien su palo, sin esperar ese recurso artístico del punta. Un gol de bandera. Chimy no es un tipo envidioso, pero cuando ve que sale el sol, dispara su imaginación. En un córner ensayado, se quedó escondido en la esquina opuesta del área, donde le llegó el esférico caído del cielo. El argentino disparó sin preguntar, con el balón en el aire, y la volea cruzó el espacio a la velocidad de la luz para cegar a Dmitrovic. Ya está, Chimy protagonista por derecho propio con su impresionante y hermosa ejecución. Subido en el lomo del arcoiris, saludó a la enloquecida afición con su cabeza teñida aun de pólvora.

La gestión de la ventaja fue impecable. El Eibar colaboró a un cómodo trayecto final sin sobresaltos aunque Santamaría tuvo que intervenir dos veces para justificar que le lleven el jersey a la lavandería. El Huesca continúa suspendido en una pared vertical, arañando la roca con uñas y dientes, sin solicitar ayuda ni compasión. Sabe que la salvación es una hazaña demasiado lejana, pero mientras tanto hace que se escriba de él, de su lucha por dejar huella guerrera y goles en algún lugar sobre el arcoiris que un día le recordará.

   
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