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su localidad natal

Luto en Solares

Vecinos y militantes socialistas de la localidad cántabra en la que nació Rubalcaba le recuerdan con afecto como un paisano ilustre H El exvicepresidente dio un mitin hace cuatro años en su pueblo

 

Homenaje a Rubalcaba, en la sede del PSOE en Solares, su pueblo natal. - EFE / PEDRO PUENTE HOYOS

JUAN JOSÉ FERNÁNDEZ
11/05/2019

En un fichero de chapa cerrado con llave, los socialistas de Solares guardan celosamente la ficha de afiliado del militante Alfredo Pérez Rubalcaba, nacido en la pequeña localidad cántabra en 1951. Como todos y cada uno de los 41 miembros de la agrupación, pagó hasta el pasado 1 de mayo, religiosamente, los seis euros al mes de cuota. «Ahora que ha fallecido, esa ficha firmada por él es nuestro principal documento histórico», dice Borja Sañudo, el secretario general local.

Su partido convocó ayer por la tarde en su sede un minuto de silencio en homenaje al profesor, exvicepresidente del Gobierno, exministro y exsecretario general del PSOE y después los militantes se reunieron en la única y pequeña sala del local, sentados en corro con las sillas pegadas a la pared, como celebrando un velatorio. Solo que se hablaba alto y muchos sonreían recordando anécdotas, como lo cachazudamente madridista que era, o, en fin, su último mitin.

Pérez Rubalcaba dio su última charla política pública en la pista deportiva Monseñor de Cos, en el centro de Solares, hace cuatro años en la campaña de las municipales. «Somos una agrupación pequeña. Qué digo agrupación, ¡casa del pueblo! -enfatiza Eusebio Ceballos, obrero de la siderurgia ya jubilado y secretario de organización del PSOE local-. Pero con esta casa del pueblo estuvo muy comprometido».

Una foto enmarcada del histórico socialista vizcaíno Ramón Rubial preside la estancia. Y pronto colocarán otra del paisano que acaban de perder. Entre tanto recuperaron un viejo cartel electoral de Rubalcaba para sacarlo a la calle y, modesta y apresuradamente, retorcieron un cartón negro para hacer un lazo y ponerlo en la puerta con un clavel rojo pegado con cinta aislante.

En el 2005, Rubalcaba decidió cambiar su afiliación de Madrid a Solares. Ahora se cuentan como privilegiados los vecinos que acudieron a una cena-coloquio del PSOE de Solares con Rubalcaba en el hotel Los Guardeses, su preferido del lugar, una vieja y noble casona de los marqueses de Valbuena «donde paraba cuando venía», corrobora el jardinero. «Se presentó a sí mismo como un servidor de España, y nos habló de la unidad, de un país cuya gente trabaje en la misma dirección, y del valor del diálogo», recuerda Antonia Rubalcaba, prima hermana de Alfredo, de la rama familiar esparcida por Bilbao. Apenada, le define así: «Era familiar, era social y era ecuánime. Y nunca tuvo en cuenta las cosas malas que dijeron de él».

Último mensaje

Con los ojos enrojecidos estuvo recibiendo pésames y abrazos Diego Aja, primo segundo del homenajeado, que fue al acto con su hijo pequeño de la mano: «Es que quiero que vea esto. Espero que los niños alguna vez puedan ver quién fue Alfredo Pérez Rubalcaba en los libros de texto». La última comunicación con su primo fue un alegre mensaje de WhatsApp, en la madrugada del 29 de abril. «Esto se encarrila», le dijo el exlíder del PSOE. «Estábamos muy contentos con el resultado electoral, ya ves. Y ahora, mira», dice.

La noticia del fallecimiento de Rubalcaba cayó ayer como la lluvia con que amenaza un nubarrón de los muchos que sobrevuelan Solares, apareciendo por encima del Pico Castillo, por donde se paseaba de joven el político. «Un ictus, joder, es que eso es grave», lamentaba Alfonso, vecino un año menor que Rubalcaba, con quien solía jugar al tenis «hace ya muchos años». «Y no crea que se dejaba ganar», añade.

Pueblo arriba, unas placas de bronce dan el nombre de Pérez Rubalcaba a una calle de Solares, una tranquila avenida flanqueada de chalecillos con jardín, algunos con huerta. Un ayuntamiento gobernado por el PP puso el nombre del exministro a la calle, con el voto unánime del PSOE y el Partido Regionalista de Cantabria. José, vecino de la zona, paseaba al perro al poco del óbito. «Le conocí, claro -comenta al pasar-. Mi madre compraba en la carnicería del abuelo, que está allá abajo. Era un hombre importante. ¿Cuántos pueblos han tenido alguien como él? A los de Solares nos van a tener envidiuca».