De pronto, y todavía con el covid dando que hablar, pende sobre nuestras cabezas la amenaza del exterminio total. Parecería que la situación nos quisiera prevenir de que la ciencia ficción no es tan de ficción; al fin y al cabo, las circunstancias parece que se retroalimentan en una vorágine suicida y acaban convirtiéndonos en víctimas propiciatorias, en seres conscientes de su indefensión, aunque inconscientes de sus consecuencias. Las decisiones que se vienen sucediendo llevan demasiado interés en demonizar al enemigo. Se ha desatado la locura; se diría que se está poniendo toda la carne en el asador para que al final la situación se haga irreversible. ¿Y luego?... Si ni siquiera la infantería y los tanques habrían colisionado con el enemigo, y ya habrían desaparecido del mapa varias grandes ciudades…

Mientras, la muerte se cobra una cuota indigna de inocentes y el horror cubre las ruinas. Es una guerra atroz porque la tecnología no sabe de piedad. Es difícil encontrar razones de tanto desatino más allá de un nuevo orden mundial.

Aquella sociedad del bienestar que hemos disfrutado ha acabado por consumirse a sí misma; la burbuja explota como un espejismo y asoma el desencanto. El miedo a la libertad produce siervos.

La tendencia a la contienda es consustancial a la especie humana; se trata de bandos, de buenos y malos, pero en realidad se trata de poder, una cuestión difícil, habida cuenta que es subjetiva. Los efectos de esta situación desbaratan cualquier raciocinio desde el momento que se asiste al horror en la pantalla mientras intentas escribir de la indignación que nos asola.

Sin embargo, no todas las matanzas de todas las guerras de todos estos años han sido contempladas, mientras sorbías el sopicaldo, de igual manera: en función de su distancia y situación geográfica el interés era nulo, escaso, o regular. Tenía mucho que ver con las pieles y el paisaje, acaso con las creencias. En la que sufrimos en estos idus de marzo, hay muchos aspectos significativos a resaltar en la difusión mediática: refugiados con niños rubios y guapos; seres desvalidos con nuestro mismo aspecto; corrientes internacionales de solidaridad, civil o militar; imágenes de destrucción con víctimas civiles; resistencia a ultranza; teorías de tertulianos sobre la esquizofrenia de Putin. Todo ello ha pasado a formar parte de nuestra vida diaria y se sienten las primeras consecuencias de la brutal especulación en consumos y hábitos. Ya es nuestra guerra en el momento que afecta a costumbres como calentarnos, viajar, comer tres veces al día; se nos ha incluido en un bando sin solución de continuidad. Nada de lo que hagas te dejara fuera de la partida; en la corte del nuevo zar el mejor colaborador puede ser el peor enemigo y juegan con cartas marcadas en las kilométricas mesas de reunión; en la corte del gran jefe blanco se juega a mantener a Europa dócil. Perderás las dos partidas sin jugar, pues te dieron papel de comparsa y no figuras salvo en la estadística.

Es por eso por lo que, y en la más pura elucubración, podemos utilizar el sentido crítico para imaginar la situación con otros contendientes en el mismo escenario, ejemplo: Ucrania vs Chechenia. ¿Hubiera producido el mismo efecto en la opinión pública occidental? ¿Habría intervenido Rusia para mediar? Otro ejemplo: Ucrania vs Moldavia. ¿Intervendría la NATO en ayuda a su socio moldavo? ¿Defendería Rusia a su antiguo satélite y con ello la Tercera Guerra Mundial?

Todas estas abstracciones hipotéticas nos llevan a que el problema es que el enemigo ahora son los rusos, que han sido siempre los osos terribles de nuestras pesadillas, excepciones aparte, claro. El factor principal de esa desconfianza corresponde a lo inmenso de su territorio y su potencia, y por qué no, al absolutismo de sus regímenes. Se dice que en la idiosincrasia del pueblo ruso subsiste el atavismo de seguir a un solo líder. La cuestión es que Rusia nos da miedo por demasiadas cosas, una de ellas su personalidad.

Vivimos expectantes la caída del muro y creímos en Gorbachov. Hemos venido recibiendo encantados a los magnates rusos a bordo de los megayates más fantásticos que cruzaban los mares y les vendíamos solares en primera línea de playa sin preguntar de dónde procedía el dinero. ¿Dejarán por eso de ser magnates y dueños? ¿Dejará de ser ruso aquel botánico negacionista de Moscú que nos regaló una extraña planta de su vivero valenciano? No queremos odiar y todo impele a sentirlo. A más infectados por el odio, menos oportunidad para la paz, como dijo Lennon, o parecido.

Preocupa y ocupa la escalada sangrienta. Como en una traca, van estallando los petardos hasta una mascletá delirante ocupada por el olor acre de la pólvora y todo se impregna de resignación, a la vez que, por dentro, el miedo a la pequeñez abotarga la esperanza de una vida sin bombas. Ojalá llegue el día en que las disputas nacionales se diriman en un combate a esgrima de los dos dirigentes guerreros. Sería más limpio a la par que elegante. Además, sin víctimas colaterales nadie tendría derecho a buscar revancha clamando venganza.

La cuestión es que se han roto las reglas. La ley internacional ha sucumbido a los cohetes ultrasónicos y nada puede ser igual que era. Lo que surja de la catarsis vendrá como consecuencia de los errores cometidos y hará honor a la ciencia ficción que tanto nos gustaba. No sabremos reconocer cuánto nos equivocamos y encontraríamos razones para eximirnos, aunque fuera demasiado tarde. Una tormenta de ideas para no llegar a ningún resultado es el laberinto ideal para perder de vista los motivos por los que nos equivocamos.