En lo más intenso de la onda epidémica de octubre de 2020, entré en directo en un programa de televisión, un magazine matinal. Me invitaban como reacción a una entrevista previa en un medio de tirada nacional en el que se comentaban las discrepancias entre el Gobierno de Madrid y el Gobierno de España. Recuerdo que, en esos días, mi preocupación era comprender el comportamiento de esa segunda ola en España (tercera en Aragón) y por qué resultaba tan distinta en los países de nuestro entorno. Recuerdo, además, que estábamos poniendo a punto varios métodos de análisis para predecir la aceleración de casos y la ocupación de camas de uci; análisis que ayudaran a las autoridades sanitarias a anticipar las decisiones con al menos dos semanas de antelación.

Me desconcertó la pregunta del conductor del programa. «¿Qué nota le pondría usted al Gobierno en el control de la pandemia?» En el ambiente y la conversación se hacía patente el descontento de los contertulios (en alguno, cierta indignación) y se me pedía resumir con un sólo número la complejidad de una pandemia que no era capaz de comprender. Contesté, «notable», para perplejidad de quienes me acompañaban en la tertulia. No pretendí ser provocador; al contrario, quise enfatizar una idea muy básica en la gestión de las epidemias. El ciudadano necesita confiar en las instituciones públicas puesto que la confianza es la herramienta más poderosa para el control de una epidemia y para la mitigación de sus efectos.

En lo que corresponde a las autoridades sanitarias, la generación de confianza se construye sobre la base de disponer de las capacidades humanas y materiales adecuadas para la vigilancia y seguimiento de los riesgos de salud de la población, de un sistema sanitario que reaccione a las necesidades cambiantes de una pandemia y de una comunicación de riesgos transparente y ponderada. Me gustaría subrayar que, comparado con los países de nuestro entorno, cada uno de estos pilares generadores de confianza ha funcionado razonablemente bien en España durante estos años. Me explicaré.

Vigilancia y seguimiento

Cuando pensamos en el sistema sanitario, pensamos en batas blancas, camas de hospital y centros de salud. Existe un activo, hasta esta pandemia muy poco conocido, que son los servicios de vigilancia y seguimiento de alerta sanitarias o epidemias. Su valía en la configuración de las decisiones que requiere una epidemia, siempre difíciles, es extraordinario.

Hemos sabido de ellos cuando se producían cambios en la estrategia de diagnóstico de los casos, en el seguimiento de contactos estrechos o en los cambios de la duración de las cuarentenas. España dispone de este mecanismo coordinado de vigilancia y seguimiento desde hace muchos años. Se activó en el momento en el que se produjo la alerta internacional de SARS-COV2 y ha acompañado todas las decisiones adoptadas en el seno del Consejo Interterritorial de Salud, el órgano de gobierno del sistema sanitario español.

El sistema

Nuestro sistema sanitario, incluso en la desconcertante onda epidémica inicial, ha tenido capacidad para reaccionar con celeridad ante el crecimiento rápido de casos y ha sabido adaptarse a las características de las distintas ondas epidémicas. La Atención Primaria de salud merece una mención especial por su implicación en enlentecer y disminuir la transmisión comunitaria.

Su esfuerzo en el diagnóstico precoz de casos y en la identificación y seguimiento de contactos estrechos ha sido encomiable. Más recientemente ha tenido que asumir además la dispensación de la vacuna a una población que ha acudido en masa. En esta pandemia la visión comunitaria del modelo de Atención Primaria español, un activo diferencial con respecto al de los países de nuestro entorno, merece reconocimiento.

Ante el surgimiento de una alerta de salud poblacional se necesita información relevante para tomar decisiones que afectan al conjunto de la población y eventualmente, para comunicar los riesgos colectivos. Todos le podemos poner cara a Fernando Simón, encargado de la comunicación de riesgo en su papel de director del centro nacional de alertas; pero, la clave de la comunicación de riesgos ha residido en las autoridades sanitarias de cada comunidad autónoma que han tenido que contextualizar esa información y adaptarla a las especificidades locales y al nivel de riesgo de cada población, en cada momento.

Mundo interconectado

Tendremos más pandemias. La extraordinaria movilidad de las personas en un mundo fundamentalmente interconectado, el desarrollo incontenible de grandes conurbaciones y los actuales modelos de desarrollo económico son factores facilitadores. Hay tres lecciones que deberían ser consideradas seriamente para la próxima vez.

Algunos comportamientos individuales básicos son efectivos en la limitación o enlentecimiento de la transmisión comunitaria de los virus respiratorios circulantes. Sería sensato acostumbrarse a vestir mascarillas en transporte público o interiores concurridos cuando tengamos síntomas respiratorios, particularmente tos.

La publicación diaria de datos o la publicación de datos sin contexto no ayuda a tomar buenas decisiones, ni a las instituciones ni a las personas. La necesaria transparencia, exigible a cualquier institución pública, no debe desnaturalizarse y convertirse en una «epidemia de datos» imposibles de procesar. Para accionar comportamientos de protección individual y colectiva se necesitan pocos datos, solo aquéllos que ayuden a tal objeto.

El papel de la Justicia

Uno de los elementos que más controversia (y mayor desconfianza) ha generado durante la pandemia ha sido la inconsistencia entre tribunales de Justicia a la hora de enjuiciar las políticas sanitarias. El papel de los jueces en el control de una pandemia de estas características es extraordinariamente relevante. Necesitaremos jueces que asuman su papel de agentes de salud pública en cualquier futura epidemia.

Una última reflexión. Pese a la consideración de pandemia, nuestro imaginario ha omitido sistemáticamente que las políticas de control y mitigación en España han estado definidas o matizadas por las políticas compartidas por los Estados miembros de la Unión Europea. Esta crisis ha puesto al descubierto las fortalezas y debilidades de la Unión. Durante la próxima década, Europa deberá estar ocupada en tejer un modelo de gobernanza que mejore la coordinación entre países. España podrá mostrar algunos de sus logros.

Enrique Bernal, investigador y epidemiólogo