El Periódico de Aragón

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LOS EFECTIVOS DEL SARGA EN LA ZONA

Una vida frente al fuego: la cuadrilla del retén de Añón, al descubierto

"Sientes adrenalina y responsabilidad. Y en algún momento incluso pánico", dice un joven bombero | El equipo, comandando siempre por un APN de la DGA, trabaja ya en retirar los árboles quemados para que Moncayo quede limpio

Cinco de los miembros del retén de Añón, junto al APN Javier Gascón, el agente forestal Ismael González y el exjefe de la cuadrilla, Antonio Romeo, en un páramo arrasado por las llamas. M. C. L.

Unos llamarían casualidad a lo que le ocurrió a Alberto Bona el día en que se inició el fuego de Añón. Otros, fatalismo. Hace apenas dos meses que este joven turiasonense, estudiante de gestión forestal, ingresó en el Sarga, la empresa pública que se encarga de la extinción de incendios en Aragón. Sin apenas haber sofocado un par de conatos, le tocó a Alberto enfrentarse a uno de los peores incendios que el Moncayo recuerda. «Cuando llegas a casa no sientes más que pena. Te metes a esto porque quieres salvar y cuidar el monte y sabes que aquel día era imposible. Sientes una impotencia tremenda», lamenta el joven.

Sus compañeros de cuadrilla, forjados en mil batallas contra el fuego, le reconocen que no es agradable estrenarse así, a lo grande. «Ya está bautizado», le jalean Rafael Hernández y Juan Carlos Conejos, los más bregados en esto de la lucha contra los incendios forestales. Son cinco en total, a los que se suma un efectivo adicional con el que las 62 cuadrillas repartidas por Aragón cuentan este verano. La más cercana a la de Añón es la de Tarazona.

A sus 53 años, Conejos es desde hace dos el jefe de la cuadrilla. Llegó al retén de Añón en 2011, justo un año antes del incendio de Talamantes, el último que golpeó al entorno del Moncayo. Y aterrizó en el equipo de extinción de incendios casi por casualidad, pues hasta la crisis de 2008 había sido pintor. «No era yo muy rural, pero la vida me presentó un cambio de 180 grados y mírame, el mayor amante de estos montes», cuenta, y añade que cree que este oficio permite cuidar los montes al tiempo que «se llenan los pueblos».

De izquierda a derecha: Stefan Ciocmata, Íñigo Palacios, Juan Carlos Conejos, Rafael Hernández y Alberto Bona. M. C. L.

A su lado aprenden los más jóvenes bomberos forestales, como Stefan Ciocmata, de tan solo 19 años, quien aspira a convertirse en bombero urbano y no veía mejor oportunidad para foguearse. Por un motivo similar se alistó Rafael Hernández, quien se prepara para aprobar la oposición y convertirse en un miembro del equipo de Agentes de Protección de la Naturaleza. También Íñigo Palacios, que estuvo presente en la avanzadilla que llegó al foco en primer lugar. «Sientes adrenalina y responsabilidad. Y en algún momento incluso pánico», dice el joven bombero, que agrega que este oficio «realiza» a quien lo ejerce, aunque muchas veces su labor pase desapercibida.

Con sopletes, batefuegos, motosierras y una larga lista de herramientas trabajan estos careadores del fuego. Coinciden en que esto es una vocación, en que nadie se pone a combatir llamaradas si no ama el monte y aspira a protegerlo.

«Si empezamos a trabajar ya, podríamos ver cómo empieza a reverdecer en primavera», comenta Javier Gascón, agente de protección de la naturaleza.

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En un corrillo a las puertas del Monasterio de Veruela conversan los miembros de la cuadrilla de Añón con Antonio Romeo, el exjefe de la cuadrilla hasta su jubilación hace apenas dos años, y con el APN Javier Gascón, encargado de dirigir a la cuadrilla el día del encuentro. Recuerdan que el sábado 27 de agosto, el mismo día del Cipotegato, dio comienzo hace diez años uno de los últimos grandes incendios en la zona, el de Talamantes.

El fuego segó la vida de muchos árboles, aunque todavía siguen en pie. En los ribazos del río Huecha se aprecian enormes agujeros en los troncos de los chopos, que superan los veinte metros de altura y cuentan con más de cien años de vida. La pérdida fue similar en algunos bosques del entorno, sobre todo los más próximos al parque natural del Moncayo, donde los carrascales más antiguos también perecieron por las llamas.

Los efectivos se vieron rodeados por las llamas y algunas mangueras quedaron allí. M. C. L.

Las masas herbáceas yertas suponen un riesgo para quienes transitan los alrededores y podrían caer sobre el tendido eléctrico, por lo que la función de los efectivos del Sarga se vuelve fundamental, así como para permitir que el entorno quemado vuelva a su ser. «Si empezamos a trabajar ya, podríamos ver cómo empieza a reverdecer en primavera», comenta Javier Gascón, agente de protección de la naturaleza. Pero será complicado que los árboles centenarios tengan tiempo de crecer. «Antes habrá más incendios, y a eso nos tenemos que acostumbrar. A luchar contra ellos y a combatir el abandono de algunas zonas», afirma Antonio Romeo.

Y en ello se está, aunque queden hitos por conseguir. Dice Juan Carlos Conejos que nada tienen que ver las condiciones de trabajo actuales con las de hace diez años. «Se ha avanzado mucho. Antes trabajábamos seis meses y ahora lo hacemos once», resume, aunque apunta que «aún tenemos que lograr el año completo. Y así, con una reivindicación, se marchan los trabajadores forestales camino del monte, donde unas horas después del encuentro darán por extinguido el incendio de Añón.

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