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DÍA MUNDIAL DEL TURISMO

Nuevos vecinos al calor del turismo: "¡Vivo en un monumento!"

El desarrollo turístico de distintos pueblos de Aragón atrae a pobladores que probaron la experiencia y decidieron quedarse. Piden más servicios en el medio rural

Raquel de Gregorio es guía turística en Sos del Rey Católico. EL PERIÓDICO

Abrir las ventanas de casa y ver desde dentro un recinto amurallado que atesora siglos de historia no tiene precio. "¡Vivo en un monumento!", dice sin dudar Raquel de Gregorio, guía turística de Sos del Rey Católico, que lleva 18 años viviendo en la localidad y se apresura a enumerar las bondades de haberse quedado en el pueblo.

"No creo que todo el mundo pueda decir que tiene la oportunidad de pasear por un lugar como este todos los días. Mi trabajo me gusta mucho y no lo cambio por nada. Ya soy una vecina más", confiesa esta soriana de nacimiento, que tras estudiar en Zaragoza recaló en esta villa de postal de las Cinco Villas aragonesas. Lo mismo siente Liset Fernández Pacheco, natural de La Habana (Cuba), y residente en Aínsa desde hace 22 años. "No volvería a mi ciudad por nada del mundo".

Son solo dos ejemplos de lo que el turismo puede hacer para mantener a la población local y atraer a nuevos vecinos. Tanto Raquel como Liset llegaron por las puertas abiertas del empleo que crea el turismo, y finalmente se quedaron. Aunque las dos tenían vinculación previa con la zona, ninguna esperaba que su experiencia se tradujera en hacer su vida allí.

Liset Fernández vive en Aínsa desde hace 22 años y trabaja en el mismo hotel desde hace once. EL PERIÓDICO

"Vinimos con 25 años a probar, y ahora llevamos aquí 22 años y tenemos dos hijos y una vida en Aínsa", explica esta abogada de formación que lleva dos décadas dedicada a la hostelería; los once últimos años en el mismo establecimiento de la plaza Mayor de Aínsa.

"Solo hemos cerrado cuando era obligatorio por la pandemia, pero estamos abiertos todo el año, aunque siempre hay mucho más trabajo en la temporada alta, y durante el invierno hay que afrontar otras labores, como la limpieza o el mantenimiento", explica Liset, que ha vivido personalmente la transformación de la capital de Sobrarbe a nivel turístico. "Ahora hay más población y más trabajo. He visto evolucionar Aínsa demográficamente y económicamente", señala.

Raquel de Gregorio reconoce que "de inicio, nada más terminar la carrera" no se planteaba ir a vivir a Sos. Su marido ejeano le acercó a las Cinco Villas y acabaron comprándose una casa en Sos del Rey Católico. "Soy de pueblo, me gusta vivir en la zona rural, aunque hay cosas que se echan en falta y otras no las cambiarías por nada", explica.

Por ejemplo, "sin coche, estás perdido". No hay líneas de autobús que conecten diariamente con Zaragoza y no hay tren. "Tenemos un supermercado pequeñito y para algunas cosas es necesario salir", cuenta.

Pero lo bueno se explica por sí solo. "¡Estoy viviendo en un monumento y no creo que mucha gente pueda decir lo mismo!", explica la guía turística de Sos, que en estas dos décadas también ha visto cómo se transformaba la localidad. "El turismo siempre ha ido a más, y ahora hay tantas plazas hoteleras como habitantes", recuerda.

La temporada alta

Raquel y Liset coinciden en que la temporada alta se ha "expandido" en sus lugares de residencia, pasando de los habituales meses de gran afluencia de julio y agosto, hasta una llegada más o menos constante de turistas entre abril y octubre. También ocurre lo mismo en el entorno del Monasterio de Piedra, en Nuévalos, donde "el verano cada vez se alarga más", reconoce José Pont, director del monasterio. "Lo que antes sucedía solo entre julio y agosto, ahora empieza antes de junio y se alarga hasta el Pilar", explica.

En su caso, la mayoría de la plantilla de cien empleados del monasterio procede de las localidades vecinas como Nuévalos, y la actividad que genera este paraje natural de la provincia de Zaragoza se refleja en otros negocios abiertos en su zona de influencia.

"Somos un motor para toda la comarca", reconoce Pont. No en vano, este parque recibía antes de la pandemia 330.000 visitantes anuales, y espera llegar en este ejercicio a los 250.000, recuperando casi la normalidad "a pesar de las olas de calor del verano, el impacto de la inflación y la incertidumbre de la situación económica".

El zarpazo de la pandemia empieza a suturar, también en Aínsa y en Sos. "Después de la pandemia vivimos un estancamiento y ahora estamos remontando", explica Raquel. Para Liset, la clave para romper la estacionalidad y recuperar el impulso definitivo es tener abierto todo el año. "Muchos negocios cierran en invierno, lo que supone que cuando llegan en invierno los turistas tienen dificultades para encontrar un sitio donde alojarse o comer", señala Liset. Qué mejor prueba de que el turismo rural ha echado raíces, y estas son profundas. 

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