Por segunda edición consecutiva, el Casadmeont Zaragoza se queda a las puertas de la final de la Champions. El año pasado fue casi vapuleado por el AEK en Atenas, pero ayer estuvo cerca, muy cerca, de la gloria. Aguantó como pudo en un partido muy físico pero llegó fundido al final y entre sus propios errores y algunas decisiones cuando menos cuestionables de los colegiados, no pudo rematar la faena ante el Pinar Karsiyaka turco (79-84). Ahora tendrá que jugar por el bronce y volver a levantarse de este final inesperado.

El equipo no ha conseguido su gran objetivo, que era estar en la final y pelear por el título. Sin duda es una pequeña decepción porque la entidad aragonesa va a quedarse sin el premio que buscaba y que podía darle un impulso deportivo y económico, pero esta vez el equipo ha competido mejor, lo ha tenido más cerca, ha remado y remado para quedarse en la orilla. Ahora debe sacudirse de encima toda la rabia, el coraje que debe sentir por no haber culminado la remontada, porque mañana le espera un nuevo partido por la medalla de bronce. Consuelo menor, está claro, pero no por eso menos importante.

Hace un mes parecía imposible que el Casademont Zaragoza pudiera competir en la final a ocho. Y sin embargo lo ha hecho, ha demostrado carácter, mentalidad, capacidad de sufrimiento y de sobreponerse a las circunstancias de los partidos. Superó al anfitrión Nizhny Novgorod sufriendo pero sabiendo responder ante cada problema. Al final le ha faltado físico porque acabó jugando el partido más importante de la temporada con siete jugadores y poco más. Le faltó también acierto con un pobre 4/17 en triples. Su buen trabajo defensivo durante casi toda la tarde se quedó en nada con los 27 puntos en contra del último cuarto. Los detalles cayeron todos del lado turco.

Así que el deporte aragonés deberá seguir esperando. Hubiera tenido cierto componente poético que el Casademont Zaragoza llegara a la final treinta años después de la vergüenza de Ginebra, pero no será así. Aquella Recopa con final de escándalo seguirá siendo de momento la única final europea del baloncesto de la comunidad y habrá que seguir recordando a Los Magníficos y a Nayim para hablar de los grandes éxitos del deporte aragonés en el viejo continente. La gloria europea seguirá siendo una cuestión de nostalgia en Aragón.

La derrota ante el Pinar Karsiyaka deberá ser, pues, un punto y seguido en la historia del Casademont. Por de pronto, el equipo aragonés debe volver a sacar su orgullo para pelear este domingo a las 15.00 horas por la medalla de bronce y mejorar así su participación del curso pasado, cuando acabó cuarto. Y después debe buscar de nuevo un sitio en la Champions para la próxima temporada. 

El Casademont debe seguir insistiendo con tozudez aragonesa en el torneo continental y esperar su momento en tiempos mejores, cuando todas las aficiones puedan acompañar a su equipo y los éxitos deportivos vuelvan a ser la explosión popular que han sido siempre. La próxima temporada cumplirá 20 años de vida y la Champions puede volver a ser un reto apasionante.