Pedro II se corona en Roma

En noviembre del año 1204, el rey Pedro II de Aragón fue coronado como rey en Roma

Sergio Martínez Gil

Sergio Martínez Gil

La relación de la monarquía aragonesa con la santa sede fue muy estrecha durante buena parte de la Edad Media, pasando por momentos de muy buenas relaciones, pero también de otros no tan buenos. Esta relación comienza durante el reinado del segundo monarca aragonés, Sancho Ramírez, cuyo gobierno se extendió desde el año 1063 hasta su muerte en el 1094 intentando conquistar la ciudad de Huesca. Nada más subir al trono consiguió el apoyo papal para que la campaña militar con la que conquistar Barbastro a la taifa de Zaragoza fuera considerada como una cruzada, siendo de hecho uno de los primeros ensayos de este modelo de guerra santa antes incluso de que se llevaran a cabo las cruzadas en Oriente.

El resultado de ese apoyo de Roma al monarca aragonés fue tan bueno que Sancho Ramírez decidió viajar hasta la misma ciudad eterna a inicios del año 1068 y entrevistarse personalmente con el papa Alejandro II. Hay que recordar que el padre de Sancho, Ramiro I, es considerado como el primer rey de Aragón y que en el año 1035 había recibido en herencia de su padre, Sancho III el Mayor de Pamplona, el condado de Aragón. Pero eso sí, aunque Ramiro era el primogénito del monarca navarro, fue fruto de una relación extramatrimonial por lo que era un hijo ilegítimo.

Sancho Ramírez necesitaba que nadie pudiera poner en duda la legitimidad ni del reino aragonés ni, por supuesto, de la dinastía que él mismo encarnaba. Por eso decidió aprovechar ese viaje a Roma para aliarse con el papado, declarándose tanto a él mismo como a su reino vasallos de la santa sede. Además, y previo pago de una suculenta «donación», el mismo papa Alejandro coronó a Sancho Ramírez como rey legitimándole totalmente a ojos de toda la cristiandad europea. Desde entonces, la alianza entre Aragón y Roma fue muy estrecha, aunque tanto a Sancho como a sus sucesores se les olvidó realizar el pago anual al que se había comprometido el monarca.

Pasó el tiempo y llegamos así al reinado de Pedro II el Católico, quien gobernó entre los años 1196 y 1213. En esa época la influencia de la Corona de Aragón era muy importante en Occitania, en la zona del actual sur de Francia, pero todavía no era lo suficientemente fuerte. Mientras tanto, se fue extendiendo en esa región una rama del cristianismo, el catarismo, que era especialmente crítica con la Iglesia Católica. Tras fracasar los intentos de catequizar a los cátaros, Roma empezó a preparar una cruzada para exterminarlos por la vía de las armas. Mientras tanto, Pedro II de Aragón fue dejando pasar el tiempo en su favor para conseguir que los señores feudales occitanos, desesperados ante el avance de los cruzados enviados por el papa, le acabaran suplicando su ayuda. De esa forma, el vasallaje de aquellos señores del otro lado de los Pirineos con respecto a la Casa de Aragón se haría ya más fuerte que nunca.

Pero mientras llegaba ese momento, Pedro II de Aragón jugó a dos bandas y trató de mantener buenas relaciones también con el papado e incluso con Simón de Monfort, líder de los cruzados a quien ofreció a su propio heredero al trono, el futuro Jaime I el Conquistador, para intentar buscar una paz de compromiso en Occitania.

Así llegó el año 1204, cuando Pedro II viajó hasta la ciudad de Montpellier para casarse con María de Montpellier, gracias a la cual el monarca conseguiría este importante territorio. Acto seguido, el rey se marchó a Roma para intentar seguir manteniendo esa buena relación con el papado. Para ello, decidió renovar el vasallaje realizado por Sancho Ramírez en el año 1068, y a su vez el monarca aragonés fue también coronado en la iglesia de San Pancracio. La cosa no quedó ahí, y es que, al año siguiente, el papa Inocencio III concedió una bula al monarca y sobre todo a sus sucesores. Desde entonces, aunque siempre con permiso pontificio mediante, los reyes de Aragón no tendrían que viajar hasta Roma para ser coronados, sino que lo podrían hacer en la Seo del Salvador de Zaragoza. Esta bula dio origen a lo que sería una fastuosa tradición, la ceremonia de coronación de los reyes de Aragón. El desarrollo de su ceremonial fue paulatino hasta que a mediados del siglo XIV el rey Pedro IV el Ceremonioso dejó estipulado cómo debía celebrarse paso a paso, desde que la comitiva real salía del palacio real de la Aljafería hasta que llegaba a la catedral zaragozana. Salvo Jaime I, el resto de monarcas fueron celebrando esta ceremonia hasta Fernando I de Trastámara, ya a inicios del siglo XV, siendo este rey el último en celebrarla.