¡Contrafuero!

El 12 de noviembre de 1591 los tercios entraron en Zaragoza para poner fin a la rebelión aragonesa

Sergio Martínez Gil

Sergio Martínez Gil

En aquella fría mañana de noviembre del año 1591, entraban a la ciudad de Zaragoza sin oposición los tercios enviados por el rey Felipe I de Aragón (Felipe II en Castilla). Se ponía así fin a los altercados que llevaban meses produciéndose en las calles de la capital del reino aragonés y que se ha denominado como las alteraciones o rebelión de Aragón contra la monarquía. ¿Pero qué había ocurrido para que la situación llegara hasta ese punto?

Lo cierto es que el reino de Aragón, sus instituciones y oligarquías llevaban ya mucho tiempo chocando frente a una monarquía en la cada vez tenían menos peso e importancia. El propio reino de Aragón, al estar menos poblado, había ido perdiendo paulatinamente cierto peso en el conjunto de la Corona de Aragón, aunque esto tampoco significa que fuera ni mucho menos un territorio irrelevante. Este proceso se agudiza tras la unión dinástica (que no territorial), entre la Corona de Aragón y Castilla con el matrimonio de los Reyes Católicos y la posterior llegada de los Habsburgo. Desde comienzos del siglo XVI, la Corona aragonesa será sólo una parte más de un enorme imperio global.

Por un lado, se va viendo pues que el reino de Aragón es relegado a un segundo plano, en el que además los monarcas empiezan a ejercer el poder con una tendencia más absolutista tratando de sortear unos fueros que estaban, precisamente, para controlar el poder desmedido del rey frente a los estamentos privilegiados. Por ejemplo, ya desde el reinado de Fernando II el Católico empieza un enfrentamiento conocido como el «pleito del virrey extranjero». En Aragón, alguien que no fuera aragonés no podía ostentar cargo alguno de gobierno, pero el rey Fernando, quien empezó a estar mucho más asiduamente en Castilla, dio el cargo de virrey de Aragón a un catalán, considerado como extranjero en el reino de Aragón, igual que a un aragonés le ocurría lo mismo allí, en Valencia o en otros territorios. Este pleito se volvería a reproducir ya en tiempos de Felipe II, quien además dio este cargo de gobierno ya no a alguien de la Corona de Aragón, sino del reino de Castilla, lo que provocó un notorio enfado por incumplir las leyes aragonesas.

Por otro lado, con el emperador Carlos V de Habsburgo todavía se mantuvo cierta ficción en la que siguió convocando con asiduidad las Cortes del reino de Aragón para tratar los asuntos y greuges (quejas) que tenían los cuatro brazos o estamentos privilegiados representados en las mismas. Pero cuando su hijo Felipe II se convierte en rey a inicios del año 1556, el monarca tardó más de ocho años en convocar dichas Cortes con el consiguiente enfado. Estas se celebraron en Monzón en 1564, pero después el monarca se pasó otros veintiún años sin convocarlas, saltándose cualquier tipo de tradición y desoyendo las constantes reclamaciones de sus súbditos.

A estos problemas que se llevaban lastrando durante varias décadas se le unieron otros, como los intentos del rey de que el Justicia Mayor del reino de Aragón no tuviera jurisdicción en las comunidades de aldeas de Teruel y Albarracín aduciendo que tenían sus propios fueros aparte del resto del reino. Esto provocó un grave conflicto incluyendo la intervención militar que ordenó el monarca contra estas dos poblaciones en el año 1572. También el rey estaba azuzando a los vasallos del conde de la Ribagorza, los cuales se habían sublevado, porque al rey Felipe le interesaba esa situación para desposeer al conde de esos dominios y que la monarquía los recuperara, incluso a pesar de que la corte del Justicia Mayor había sentenciado que eso era ilegal.

Los problemas se acumulaban y el enfado de las instituciones del reino con el monarca se fueron agudizando, así que en 1589 la Diputación del reino envió a Madrid una delegación encabezada por el IV conde de Aranda pero que nunca fue recibida por un monarca ocupado en otros asuntos. De ahí la célebre frase del conde al regreso de la delegación, diciendo que «los problemas de Aragón han de solucionarse en Aragón, salvando siempre la fidelidad a la monarquía». Llegados a ese punto, ya sólo era necesaria una gota que desbordara el vaso, y esa gota tenía nombre: Antonio Pérez. El exsecretario del rey, quien había sido encarcelado por traición pero que consiguió huir en 1591, llegó al reino de Aragón y se acogió bajo la protección de sus fueros. Cuando el rey exigió su entrega, las instituciones aragonesas decidieron plantarse ante décadas de desencuentros para así hacer cumplir unos fueros que el rey había jurado proteger pero que se estaba saltando. Así empezó una rebelión que abarcó buena parte de ese año hasta la intervención final de los tercios ordenada por el rey, cuya actuación había sido declarada como contrafuero por el Justicia Juan de Lanuza V el Joven y había llamado a las armas al reino. Apenas unas semanas más tarde, lo que acabaría rodando sería la cabeza del propio Justicia en la plaza del mercado de Zaragoza simbolizando el fin de la rebelión y un duro golpe, aunque no definitivo, al foralismo.