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La Batalla de Ayacucho

El 9 de diciembre de 1824 el enfrentamiento consolidó las independencias sudamericanas

Batalla de Ayacucho, por Martín Tovar y Tovar

Batalla de Ayacucho, por Martín Tovar y Tovar / EL PERIÓDICO

Sergio Martínez Gil

Sergio Martínez Gil

Hoy se cumplen 199 años, casi dos siglos, de una de las batallas más decisivas en la historia del continente americano y, especialmente de Sudamérica: la Batalla de Ayacucho. A inicios del siglo XIX, España todavía seguía manteniendo uno de los mayores imperios territoriales del mundo, especialmente en el continente americano. Sin embargo, todo cambiaría en apenas un par de décadas. Los nuevos aires de la revolución americana que había conllevado la independencia de los Estados Unidos, así como también la posterior revolución francesa se acabarían extendiendo por todo el mundo y también por los virreinatos que conformaban ese gran imperio.

España comenzó ese siglo viviendo una importante crisis económica debido a varios años de malas cosechas que provocaron hambrunas, alza de precios y bajada de ingresos de la hacienda real; algo que se intentó paliar creando nuevos impuestos. También se estaba en guerra con Gran Bretaña, quien se esforzó en complicar las comunicaciones marítimas entre los virreinatos americanos y la metrópoli. Finalmente, la alianza entre la España de Carlos IV y su valido, Manuel Godoy, con la Francia de Napoleón Bonaparte, acabó derivando en la invasión francesa, el destronamiento de la dinastía borbónica y el inicio de la Guerra de la Independencia (1808-1814). Todos estos sucesos y sobre todo el contexto de guerra e invasión que vivía el país hicieron que las élites criollas de Hispanoamérica tuvieran en un principio que gobernarse de forma autónoma con respecto de Madrid, e incluso defenderse de ataques exteriores.

Mientras tanto, y a la par que se desarrollaba la Guerra de la Independencia, empezó a desarrollarse la revolución liberal a la española en las Cortes de Cádiz que acabaron alumbrando la primera Constitución de la historia de España, la de 1812, y que daba representación plena también a los territorios de ultramar o, como se decía en el primero de sus artículos, «la nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios». Sin embargo, la autonomía con la que esas élites de los virreinatos tuvieron que actuar prendió una mecha imparable, comenzando en los años siguientes las diferentes rebeliones que llevarían a los distintos movimientos de independencia.

Vista de Lima, capital de Perú, que consiguió la independencia tras la batalla.

Vista de Lima, capital de Perú, que consiguió la independencia tras la batalla. / EFE

En este aspecto hay que destacar que no se puede hablar de que fueran movimientos indígenas los que buscaran esa independencia de la monarquía española, sino esas élites criollas, es decir, descendientes de europeos, los que quisieron establecerse de forma definitiva como los gobernantes de aquellas tierras sin tener que depender de las decisiones que se tomaran desde miles de kilómetros de distancia. Así comenzaron una serie de guerras entre los realistas, aquellos que querían continuar bajo la soberanía de España con ayuda de las tropas que se irían enviando desde la península, contra los líderes criollos, en muchas ocasiones ayudados por una Gran Bretaña siempre deseosa de poder acceder al inmenso mercado americano.

Tras el final de la guerra contra el francés en España, la monarquía de Fernando VII trató de recuperar el control de los dominios americanos, siendo el último capítulo de aquellos enfrentamientos el que nos lleva a Perú y a esos días finales del año 1824. En Ayacucho se enfrentaron el ejército realista español al mando de José de la Serna, último virrey del Perú, y las tropas comandadas por Antonio José de Sucre. Entre las tropas españolas estaba un joven Baldomero Espartero, quien se acabaría convirtiendo a partir de mediados de la década de 1830 en el gran líder del liberalismo progresista y de la revolución en España. De hecho, sus opositores políticos acabaron llamando a la camarilla de militares que apoyaban a Espartero como «los Ayacuchos», y hasta Benito Pérez Galdós tituló así uno de sus Episodios Nacionales. También destacó en aquella batalla el aragonés Valentín Ferraz, quien años más tarde acabaría siendo presidente del gobierno durante un par de semanas y también alcalde de Madrid. La victoria en Ayacucho fue para las fuerzas criollas, y aunque todavía hubo alguna resistencia de los realistas, aquella batalla marcó el final definitivo de la presencia de España en el continente americano, más allá de que todavía mantuviera su dominio sobre Cuba y Puerto Rico, así como de alguna intentona posterior e infructuosa para intentar recuperar sus viejos dominios. Era el final de una época y el comienzo de otra.