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La entrevista de la semana

Violeta: «Mi vida es el Zaragoza y la Virgen del Pilar»

José Luis Violeta Lajusticia (Zaragoza,1941) fue un jugador irrepetible. La viva representación sobre el césped del león que llevó en su corazón durante 471 partidos. Violeta formó parte del Zaragoza de los Magníficos y los Zaraguayos; ganó copas, participó en goleadas históricas y sufrió también el infierno de la Segunda, pero siempre fue fiel al equipo de su tierra.

 

José Luis Violeta ha sido uno de los jugadores más emblemáticos de la historia del Real Zaragoza. - Chus marchador

Luis Fando y Santiago Valero
05/02/2018

—¿Cuál fue su primer contacto con el fútbol?

—El fútbol fue algo que tuve dentro de mí desde el primer día ya que mi padre y un tío mío, Luis y Paco Violeta, jugaban en el Arenas de Getxo. Los vi jugar en el campo de San José contra el Real Zaragoza, aquel partido fue uno de mis primeros contactos con este deporte.

—¿Cómo comenzó su fijación por el Real Zaragoza?

—Ya desde que estudiaba en el colegio de San Antonio. Todos los niños salíamos a las 12 de clase y yo me iba con mis amigos a ver los entrenamientos del Zaragoza. Los jóvenes nos juntábamos para ver cómo se ejercitaban los jugadores, además creo recordar que no dejaban entrar a gente mayor, solo a los niños. Me fijaba en José Luis García Traid, de algún modo vi en él mi modelo a seguir. Era un gran futbolista, además de aragonés y de Zaragoza.

—Pese a ser un amante del fútbol usted comenzó a trabajar muy joven en una tienda de bicis.

—Cumplí los 14 años y me fui a trabajar a una tienda de bicis en la calle Don Jaime. Yo nací con una pelota entre los pies, lo que he vivido es el fútbol, pero pertenecía a una familia humilde y por las circunstancias me tocó ir a trabajar porque era lo que tocaba. Sin embargo, un día pillé una bronconeumonía de ciclista, algo que me asustó mucho. Estuve tres meses en la cama bastante malo y acabé cogiéndole miedo a la bicicleta.

—Aquella bronconeumonía le llevó hacia el sendero del éxito en el fútbol, fue el inicio para jugar con el Real Zaragoza.

—Ya lo creo. Estuve casi tres años sin tocar un balón, pero un amigo que se llamaba Madurga me invitó a jugar con un equipo zaragozano que se llamaba River, ahí estaban varios amigos míos de Torrero. Al mes y medio de estar ahí me vio el señor Cubero, que era una persona encargada por el Real Zaragoza para ojear los colegios en busca de jóvenes talentos. El presidente del River, el señor Larroca, me dijo que les había gustado mucho y que el Zaragoza quería contar conmigo. Así acabé ahí.

—Su evolución en el equipo fue fulgurante; en dos temporadas pasó de jugar con el filial a entrenarse con el primer equipo.

—Jugué en el Juventud, que ahora se llama el Deportivo Aragón, ahí estuve apenas un año y medio, pero antes de terminar la segunda campaña me llamó el técnico del primer equipo, César Rodríguez, para entrenar con el Real Zaragoza. Como era muy joven y necesitaba madurar como jugador me enviaron a Puertollano a jugar con el Calvo Sotelo. Tras regresar estaba Antonio Ramallets de entrenador. Él confío en mí desde el primer momento y me llevó a una gira con el equipo por Holanda, Bélgica, Alemania y también a Marruecos, donde jugamos el trofeo Mohamed V en Casablanca, le di la mano al Rey Hassan II y todo. De ahí ya empecé a jugar.

-En la temporada 63-64 llegó su debut con la camiseta del primer equipo. Fue el 15 de septiembre frente al Pontevedra en la primera jornada de Liga.

—Fue en Pasarón y tenía 22 años. Recuerdo que salí al campo lleno de ilusión, al fin y al cabo estaba cumpliendo un sueño, era mi debut con el Real Zaragoza. Ese partido lo recuerdo con mucho cariño, aunque solo pudimos empatar en un campo muy difícil con un gol de Sigi.

—Empezó su carrera jugando como medio volante, pero con el paso de los años su posición se fue retrasando. ¿Cómo describiría su forma de juego?

—Yo comencé jugando en el centro del campo, por delante de la defensa. Era una posición que se adaptaba a mis características, ya que era un futbolista de mucho despliegue físico, con mucha capacidad para moverme por el campo. Siempre estaba atento para marcar a los atacantes, pero también disfrutaba cuando me incorporaba al ataque para marcar algún gol. Con el paso de los años fui retrasando mi posición en función a lo que proponía cada técnico.

—Sus altas capacidades en cuanto al despliegue físico eran algo que alababan tanto los jugadores como los periodistas de aquella época, ¿era un aspecto que buscó potenciar?

—Mi físico fue una condición innata. Siempre he sido una persona muy atlética. Cuando estaba en el Juventud seguía trabajando en el taller de bicicletas por la mañana, no se podía vivir del fútbol tan joven. Terminaba de trabajar sobre la una de la tarde, cogía la bicicleta y me iba a Torrero a entrenar. Yo tenía 33 pulsaciones por minuto, las mismas que Induráin, por eso rendía mejor en las segundas partes. Me aprovechaba del desgaste del rival para emplearme con mayor esfuerzo y así ser superior.

—Usted se fijó en García Traid como futbolista, luego Víctor Muñoz se fijó en usted...

—Yo tenía unas facultades impresionantes, pero es curioso como esta tierra da un perfil de futbolista de estas características. Jugadores como Villarroya, que era incansable, Víctor Muñoz, Güerri, Molinos… No sé por qué motivo se da aquí este perfil con unas condiciones físicas sublimes.

—Comenzó muy joven en uno de los mejores equipos de España como lo fue el de Los Magníficos. ¿Cómo los definiría?

—Era un equipo impresionante. No solo se jugaba a un fútbol alegre, al alcance de muy pocos, sino que había jugadores que eran de un primer nivel mundial. Estaba Marcelino, que era el gol, el mejor rematador de cabeza que he visto jamás, mejor incluso que Santillana; Canario tenía un desborde imparable, era la clásica finta brasileña, Marcelino se ponía las botas con los centros que le ponía; Villa driblaba en una baldosa y luego tenía una zancada imperial; Santos cogía la pelota en el centro del campo y no se la quitaban… Me quedo con todos, pero de todos ellos, Carlos Lapetra ha sido el más especial. Tenía una clase técnica muy por encima de los demás, antes de que le llegase el balón ya sabía a quién se lo tenía que pasar.

—¿Cree que Carlos Lapetra era uno de los mejores jugadores de Europa?

—Técnicamente sí, estoy convencido de que ha habido pocos jugadores con esa capacidad técnica que tenía Carlos con el balón. Era un jugador tremendamente habilidoso y con un regate sobrenatural, un adelantado para aquella época. Tenía más calidad que Gento, aunque este tiraba más a portería. Carlos era más cerebro, buscaba crear jugadas para que sus compañeros tiraran a gol, se combinaba de forma excepcional con Marcelino.

—¿Cómo de importante fue Lapetra en su desarrollo como futbolista?

—Fue muy fundamental para mí. Carlos Lapetra me inculcó una frase que me marcó, me dijo que «quitarle el balón al rival con una patada es síntoma de mal futbolista», algo con lo que estoy de acuerdo. Yo le hice caso, nunca fui un jugador que empleó técnicas agresivas, siempre prefería anticiparme y adivinar por dónde se iba a ir el rival.

—Cuando estaba en el Calvo Sotelo jugó contra el Real Madrid en un amistoso y le gustó a Alfredo Di Stéfano.

—El Madrid siempre iba a jugar una vez al año contra el Calvo Sotelo. El primer tiempo jugó Di Stéfano y el segundo estuvo en el banquillo con el presidente Miguel Muñoz, y al terminar el partido me dijo el presidente del Calvo Sotelo que había preguntado por mí Di Stefano, que quién era y que de dónde había salido. Le había maravillado mi físico y mi estilo, pero le dijeron que estaba cedido por el Real Zaragoza y entonces se olvidaron. No se pudo hacer nada porque en aquella época los estatutos de la federación con respecto a traspasos eran diferentes. La única forma de marcharte a otro club era con el acuerdo de los dos presidentes de los dos clubs, no había cláusulas de rescisión de ningún tipo. Eran otros tiempos.

—Unos años más tarde volvió a vencer al Real Madrid, pero con la camiseta del Real Zaragoza.

—Aquella victoria por 2-1 fue uno de los partidos que más feliz terminé. Tuve la tarea de tener que marcar a Di Stéfano y me salió un muy buen partido. Al finalizar, unos periodistas de Zaragoza me dijeron que le habían preguntado a Alfredo sobre mi partido y este dijo: «¿Quién es Violeta?». A lo mejor no entendió la pregunta, pero fue raro que no recordara que me quiso fichar.

—Años más tarde volvieron en serio a ficharle y protagonizó uno de los actos de mayor simbolismo en la historia del Zaragoza.

—Habíamos descendido a Segunda. En aquella época los futbolistas no teníamos esa protección que viven ahora, nadie te asesoraba, era todo muy diferente. Recuerdo que vino Zalba a un entrenamiento, me apartó del resto y me dijo que el Real Madrid quería ficharme. Dijo que tenían muy buenos informes, no solo futbolísticos porque había sido internacional, sino como persona. Que contaba con el aval de Velázquez, Pirri y Amancio. Habíamos bajado a Segunda y yo le dije al presidente que me sentía culpable del descenso porque también había sido partícipe. Le dije a Zalba que si mi presencia iba a ayudar al equipo a volver a Primera me iba a quedar, y él me dijo que sería indispensable. Mi sentimiento era, y es, el Real Zaragoza y la Virgen del Pilar, no hubo nada más que debatir.

—También hubo un intermediario del Barcelona que intentó hacerse con sus servicios.

—Estaba por las oficinas del club, iba a hablar con el secretario del club Julián Díaz y me crucé por el pasillo con una persona que fue enviada por el Barcelona y me dijo que venía a tratar de ficharme. El asunto quedó en esa anécdota porque tampoco tenía ninguna intención de irme ahí.

—El equipo ganaba Copas, triunfaba por el viejo continente… Pero, ¿qué le falto a Los Magníficos para ganar la Liga?

—Teníamos calidad de sobra, pero también teníamos enfrente a equipos como el Barcelona o el Madrid. Quizás faltó más regularidad, pero aquel Madrid fue un coloso que ganaba Copas de Europa. Según mi punto de vista, el Zaragoza se parecía a aquellos equipos, pero ellos también tenían jugadores de grandes dimensiones. Fue una penica no ganar la Liga, pero hay que reconocer que el nivel de nuestros oponentes era muy elevado.

-Vivieron partidos de leyenda por Europa, sobre todo eran muy populares por Inglaterra.

—No salíamos de Inglaterra, habitualmente nos tocaba jugar por las islas y eso levantaba una gran expectación entre todos los clubs de ahí. Recuerdo que los ingleses se pensaban que al Mundial de Inglaterra (1966) iba a ir la selección española con un gran número de jugadores zaragocistas, pero solo fueron Marcelino y Lapetra, a Villa y a mí nos mandaron a casa y a los ingleses les supo malo.

—Con los Zaraguayos se consiguió una histórica segunda posición pero. ¿Por qué ese equipo no logró ningún título?

—Nunca llegué a comprender que no ganásemos ningún trofeo. Estuvimos cerca de ganar la Liga, pero nos quedamos segundos. Contábamos con Nino Arrúa, que vino como una estrella casi mundial, con 24 años ya le había ganado con Paraguay a Brasil. Luego estaba Diarte, un jugador notable que ayudó mucho después del vacío que dejó la retirada de Marcelino y Ocampos, que era todo un portento físico.

—¿Cómo recuerda la figura de Nino Arrúa?

—Era único. Cuando vino Arrúa fue una alegría porque era un jugador sobresaliente, dentro y fuera del campo. Es más, yo mismo le ofrecí el brazalete de capitán por su importancia en el campo y el cariño que le tenía toda la afición y él me dijo que no, que eso solo lo podía llevar yo. Era una muy buena persona, y nos teníamos un gran respeto.

—¿Ha vuelto a hablar con Arrúa?

— El otro día en La Romareda un joven zaragozano se me acercó y me ofreció su móvil para que le mandase un mensaje a Arrúa. Al parecer aquel chico había estado en contacto con él y me dejó su móvil para que le mandara un mensaje. No sé qué me respondió Nino, porque era su móvil, pero fue muy bonito.

—Por aquel entonces la afición del Real Zaragoza era muy exigente.

—La afición ha cambiado mucho desde mi época, ahora saben que no pueden pedir más de lo que dan los jugadores. A nosotros nos exigían siempre muchísimo porque les habíamos acostumbrado a ganar y a jugar bien. Cuando perdíamos sabían que no era porque el adversario era superior, sino porque habíamos tenido un mal día o porque no lo habíamos hecho bien. Pero es una afición que siempre están cuando más se necesita. Es fundamental para el Zaragoza.

—¿Se asemejaba la calidad de Nino Arrúa con la de Lapetra?

—Nunca me ha gustado establecer comparaciones entre jugadores de una categoría excepcional. Arrúa tenía un sentido futbolístico muy similar a Lapetra en ciertas aspectos. Jugadores como Arrúa, Pelé, Lapetra, Cruyff o Di Stéfano han sido los mejores del mundo, no se pueden hacer comparaciones con esa gente. Respeto la opinión de los que dicen que Messi es el mejor de la historia, pero cuando se retire Leo seguro que saldrá otro así. Todos han sido gente fuera de lo común.

—¿Qué Zaragoza era mejor; los Magníficos o los Zaraguayos?

—No me puedo quedar con ninguno de los dos. Las estadísticas no fallan, los Magníficos ganaron más títulos. Eso es así.

—Por su amor al escudo y su bravura se ganó el apelativo de ‘El León de Torrero’, ¿qué supone para usted este apodo?

—Fue todo un orgullo para mí. Me lo pusieron dos periodistas de Torrero, se llamaban Gloria Arias y Enrique Pericona. Creo que no puede haber un apelativo más cariñoso que ese. Es una satisfacción muy grande la que sentía y la que siento por todo el cariño y el amor de la gente. Yo soy un privilegiado porque la gente conmigo se ha comportado muy bien.

—¿Cómo vivió el momento en el que tuvo que colgar las botas y despedirse del Real Zaragoza?

—Echo la vista atrás y me emociono viendo todo lo que he vivido. Estoy seguro que si no hubiéramos bajado a Segunda en 1977 hubiera jugado un par de años más. El descenso afectó mucho en la directiva y a mí. Desde que empecé a jugar a fútbol ya estaba pensando en la retirada porque sabía que iba a llegar mi momento. Yo he sido un auténtico privilegiado por retirarme con 36 años, de vivir toda mi carrera en el Real Zaragoza, de ser campeón con esta camiseta y de despedirme con tantísimo cariño.

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