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El artículo del día

Con dos Colones

Los únicos agitadores que necesita la sociedad actual son los defibriladores políticos

 

Con dos Colones -

JOSÉ Mendi
12/02/2019

Vivimos una etapa de política enzimática. Las enzimas son moléculas que catalizan reacciones químicas. Y ya sabemos que nuestro comportamiento se sustenta, en buena medida, en los neurotransmisores. Esas sustancias (biomoléculas), que segrega el sistema nervioso, son las responsables de la comunicación en el cableado de nuestro organismo. Si somos capaces de agitar adecuadamente los circuitos neuronales de las personas en una determinada dirección, es más probable que la respuesta consciente que den ante dichos estímulos sea congruente con la idea que se hacen acerca de las causas de dicha alteración. Es el llamado teorema de Thomas. Un principio básico de la sociología, enmarcado hoy en la psicología social, que expuso en 1928 William Isaac Thomas. Este sociólogo estadounidense explica, a través de su famoso postulado, que si los individuos definen las situaciones como reales, son reales en sus consecuencias. Imagínense lo que da de sí esta conclusión en el escenario actual.

La agitación social, política, sindical, cultural, etc. es legítima, y muchas veces necesaria. Se da cuando no hay cauces de diálogo o estos se bloquean. Es decir, se trata de una respuesta ante una situación determinada. Pero cuando la agitación es el estímulo, y no la respuesta, lo que buscan quienes la promueven es que las personas definan sus consecuencias como reales. De este modo les conceden verosimilitud y adaptan su razonamiento y conductas, como el voto (o el no voto a través de la abstención), a dichas consecuencias. Así, la movilización no responderá a la falta de entendimiento sino que demostrará, previamente, que no es posible y que ya ha fracasado. La explicación sencilla señala que quien carece de propuestas se excede en las protestas. La razón, mucho más perversa y elaborada, es que la agitación es toda una estrategia de fondo que nada tiene que ver con la calle y mucho con los comportamientos que pretende dirigir, especialmente en las urnas.

Dos son los componentes de la motivación: la activación y la direccionalidad. La excitación produce activación, pero la dirección de la misma no es tan previsible como pueden desear sus agitadores. Como decía un famoso anuncio de neumáticos: «La potencia sin control no sirve de nada». Pero, en nuestro favor, debemos apuntar ante la política enzimática que nos rodea, que el tiempo va en su contra. Mantener un estado de activación lleva al estrés. Este a la ansiedad y de ahí se desemboca en la depresión por agotamiento. Por lo que respecta a la dirección que eligen las personas tras activarse debemos señalar que los sujetos deciden en función de sus preferencias, en el caso en que compitan múltiples agitadores concurrentes. Es la razón por la que los mayores activistas no son los más adecuados. Los mejores serán quienes sepan aprovechar el esfuerzo agitador, ya sea este propio o vampirizado.

Los únicos agitadores que necesita la sociedad actual son los desfibriladores políticos. Dirigentes con capacidad de reactivar un sistema democrático para que recupere su pulso normal. Sin chutes ni dopajes artificiales que hoy asedian a las democracias en forma de discursos incendiarios, nostalgias autoritarias del pasado y banderas de confrontación. Hemos pasado de la sociedad de consumo al consumo de la sociedad y este consumismo político nos lleva a confundir lo cotidiano con el aburrimiento, por lo que hay que combatir la propia normalidad de forma irracional. De locos.

Menos mal que nos queda Colón. ¿O Colones? Porque las estatuas del navegante y descubridor siguen impertérritas a pesar de lo que ven a su alrededor. Manifestaciones llenas de hormonas y feromonas. Y banderas. Muchas banderas. Las ve, y las sufre, Colón desde las Ramblas, junto al puerto de Barcelona. Pero también el Colón que reside junto a la Castellana madrileña. Ambos tienen mejores imágenes para disfrutar. Uno, el mar que casi acaricia. El otro, nada más y nada menos que la Biblioteca Nacional. El Colón catalán nació en 1888. Y el de la capital de España se inauguró cuatro años más tarde. Así que se llevan bastante menos entre sí que, políticamente, quienes acuden a manifestarse en sus cercanías envueltos en rojos y amarillos, de distinto grosor en los colores pero con la misma amplitud en sus diferencias. Comprendo las dudas históricas que sospechan del posible nacimiento de Colón en la península ibérica. No hay más que ver que ambos llevan demasiado tiempo dándose la espalda.

*Psicólogo y escritor