A los atléticos se nos denomina indios por tres motivos: por acampar en la ribera de un río (el Manzanares), por ponernos rayas (rojiblancas) y por odiar a los blancos. Podría unirse otro: que at the end casi siempre perdemos (incluso de modo trágico, como la Champions en el minuto 93) contra un equipo mucho más potentado y apoyado. Pero hay otra nota de los indios a destacar: su oído. Su percepción para escuchar. La leyenda y la realidad de poner la oreja en tierra les permitía saber a qué distancia estaban los enemigos. Ello les llevaba a comunicarse por señales de humo enviando mensajes.

ESTAS DOS cualidades, la escucha y el saber interpretar lo que se emite, lo que sucede, son las que, aplicadas a la vida en general y específicamente a la política, deben ser reivindicadas. Vivimos llenos de vértigo, sobre todo en grandes ciudades. Siempre con ritmos acelerados, con plomo en las piernas. Solo acaso cuando tenemos un grave problema somos capaces de escucharnos. Pero estamos bastante impedidos para escucharnos a nosotros mismos, lo que sucede por dentro, por dónde y con quién transitamos, si nos sentimos bien o cómo corregir alguna dimensión interior. Esto es aplicable a la escucha del otro. No me refiero a cuando ese próximo te cuenta algo de él como un problema, sino a la vida más corriente: no ya para escuchar problemas, sino para compartir pensamientos, reflexiones, experiencias vitales sobre aquellas pequeñas cosas que nos suceden pero se nos escapan.

Entre parejas, la comunicación personal es cada vez más complicada; la de los hijos está dificultada, aún más, por sus propios ritmos y los modernos instrumentos de comunicación (?) o entretenimiento, que atrapan su tiempo y su cerebro. Es estampa frecuente ver a dos jóvenes juntos que pasan largo tiempo comunicándose... pero no entre sí sino con terceros a través de las teclas de sus teléfonos. Entre ellos dos apenas hablan. La comunicación y la escucha son dos de las actitudes en las que más podemos y debemos mejorar. Tanto por el bien del otro como por nosotros mismos. Ello redundaría en que, con claves adecuadas, oídos más limpios y cerebros más abiertos, interpretaríamos mejor qué sucede.

Esto es aplicable también a la dimensión social y pública. Son tiempos de confusión y aturdimiento. Los movimientos y cambios en la sociedad van más allá de los cauces clásicos. Todos percibimos que algo se está moviendo, pero nadie ni nada es capaz de vaticinar cuál será el rumbo de nuestro futuro colectivo. Por eso se requiere un esfuerzo para escuchar. Deberían hacerlo los dirigentes sociales y políticos. En la sociedad se van extendiendo voces y respuestas diferentes de lo que antes era más o menos doctrina oficial, y surgen nuevos enfoques que critican unas actitudes y un sistema viejos, y propugnan reformas radicales. ¡Hay que escucharlos!

LA CRISIS MÚLTIPLE y la falta de identidad hacen que organizaciones que podrían canalizar nuevas inquietudes o enfoques resulten impotentes. Si las estructuras clásicas no son capaces de abordar esos cambios, se buscarán otros instrumentos, acaso con ideas más radicales, pero los nuevos planteamientos acabarán saliendo a la luz.

Uno de los déficits de nuestra política es la escasa escucha de los dirigentes de los partidos clásicos. Eso ha motivado un alejamiento notable de amplios sectores de la ciudadanía. Las voces que critican la deformación de los valores democráticos vienen siendo recibidas con silencio. Los partidos siguen encerrados en sí mismos, con cortedad de miras y sordera respecto de señales que hace tiempo que expresan lo que sucede. Deben reaccionar.

Es autocomplacencia y limitación que el principal partido de la oposición elija ahora su dirigencia orgánica con una consulta no vinculante a los militantes. Si no se compromete a hacer unas primarias para votar a su candidato electoral de modo verdaderamente abierto, facilitando a los potenciales votantes la elección, no avanzará. Si quien gane ahora no se compromete a que los ciudadanos que quieran puedan participar y elegir quién es el mejor candidato para ganar y gobernar, no habrá entendido nada. Exijamos a los partidos más capacidad de escucha y que sepan interpretar unas nítidas señales que no son de humo sino signos claros de los tiempos: apertura y participación.

Abogado del Estado. autor de 'En alta mar'