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El jersey verde

 

ANA Pastor
20/12/2014

Pasa la mano temblorosa sobre su frente. Levanta la mirada hacia ella. Gira la cabeza hacia los dos lados. Solo escucha gritos. A su lado, otro niño. Misma edad. Misma mirada de pánico. Esta vez el miedo se oculta bajo unas diminutas gafas que han sobrevivido intactas. Un metro más allá otro pequeño llora desconsolado. Está tumbado también en una camilla. Alguien ha dejado sus zapatos de cordones en la cabecera del colchón. Y allí siguen. El jersey verde del uniforme es ahora un trozo de tela lleno de trasquilones. Las familias de todos ellos se arremolinan en los pasillos. Las madres de los que están en mejor estado les abrazan, les besan, les tocan incrédulas buscando rasguños. Allí las imágenes se vuelven mucho más tenebrosas. El silencio se rompe entre algunos gritos de dolor. Gritos con voz de niño. Gritos que ningún adulto puede soportar. Uno de esos llantos viene de un pequeño al que están intentando taponar una herida cerca del estómago. O al menos eso parece. Porque su delgado cuerpo tiene manchas de sangre por todas partes. Puede tener una herida o varias. Puede que salga de allí o que no lo haga. Solo unas horas antes él y todos los demás estaban sentados en sus pupitres. Muchos estaban en clase. Un grupo de hombres con traje militar entró en el colegio y comenzó la pesadilla. Duró algo más de una hora. Una hora interminable. Las noticias confusas del principio dieron lugar a la confirmación de los peores presagios. Especialmente para los padres. Tras los tiros llegaron las explosiones. Miras la terrible escena desde fuera. Y piensas que estás tú ahí afuera. Que eres tú quien escuchas los gritos. Que tú oyes las detonaciones. Piensa que es la puerta del colegio de tu hijo. Piensa que no puedes entrar. Y que él no puede salir. Piensa que de repente has dejado de oír todo ese caos. Y que nadie te explica lo que está pasando. El miedo te invade. Imaginar lo que ellos están viviendo es imposible. La siguiente imagen se compone de decenas de pequeños y sencillos ataúdes. Uno tras otro. Todos en fila. Y sobre uno de ellos, al fondo, un padre abrazado. Hincando las uñas sobre la madera. Llorando. Tumbado sobre el hueco en el que se ve la cara de su hijo a punto de ser enterrado. La comitiva se pone en marcha y las manos del padre sueltan el ataúd. Y él sigue con la mirada la caja. Esa caja. 132 niños han sido asesinados por los talibanes esta semana. 132 niños han caído tiroteados a sangre fría. Peshawar. Pakistán. Cerca de la frontera con Afganistán. Siglo XXI. Periodista

 
 
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