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El artículo del día

El «yoismo» una excrecencia

Saltarse las reglas del orden constituido hablando y haciendo lo que nos dé la gana es volver a la selva

 

El «yoismo» una excrecencia -

José Bada José Bada
15/01/2018

Somos animales que hablamos y nos entendemos hablando si queremos convivir como personas. Y menos que animales cuando no queremos comportarnos como personas. Que propiamente humano es conversar entre nosotros y convivir con los otros, respetando la lengua que es de todos los hablantes y la constitución que es de todos y para todos los ciudadanos. Porque si cada cual habla como quiere no podemos entendernos, ni convivir si cada quien pretende su real gana. La lengua es como la constitución y la constitución como la lengua. Saltarse las reglas del orden constituido hablando y haciendo lo que nos dé la real gana es volver a la selva.

Cuando la razón se vuelve loca y caprichosa la voluntad –cuando las personas están como cabras y cada quien va a lo suyo –no debería extrañarnos que un cabrito– o , peor , un majadero– trate a los demás como ganado y profese el egoísmo puro y duro en beneficio propio sin contemplaciones. Por supuesto que en ese clima social puede haber excepciones que confirmen la regla, faltaría más; pero me temo que un buen pastor que dé la vida por sus ovejas exista solo en los evangelios, y a ese lo crucificaron. Mientras que en en el mundo real en el que nos ha tocado vivir , en el que nos movemos y somos, casi todos los pastores -que sepamos- suelen ser ganaderos que viven de las cabras, de las ovejas, de las reses o como se llamen los «animales» que engordan para llevar después al matadero.

Una marca de hierbas y tisanas me ha sorprendido en la pantalla, ya saben: en la plaza virtual o mercado dentro de casa que es la TV, provocando mi atención dormida con un escándalo publicitario morrocotudo. Tumbado en el sofá me despierto, me restriego los ojos y me pregunto si habré acusado bien el golpe que no me hace ninguna gracia. Compruebo que sí, pues insiste, y el palabro principal del eslogan ha sido en efecto: «Yoismo» (!) Que suena peor que «autoestima» y mejor que «egoísmo»: pero cuyo contenido no es la liebre que podríamos necesitar acaso para sentirse uno a gusto consigo mismo, sino el gato de toda la vida que nos quieren vender bajo una palabra exótica que suena mejor aunque huela tan mal como el execrable «egoísmo» que conocemos y reconoce la Academia de la Lengua. La diferencia etimológica es insignificante, es la que va del «ego» latino al «yo» castellano. Pero lo que quieren decir los que abusan de nuestra lengua en este caso no es una infamia para ellos sino una loa que quieren cantar y una exaltación de lo mismo con otro nombre: una emergencia que surge contra el personalismo y el diálogo entre personas que nos humaniza. Una excrecencia, vamos.

Pero no es de ese engaño publicitario, de esa anécdota, de lo que quería hablar sino de la categoría –o catadura, podría decirse también– que subyace a los hechos en general y en este caso a tal noticia. El así llamado «yoismo» no es más que el individualismo a tope donde cae el yo mismo por su propio peso: un agujero sin salida, una tumba. Mientras que lo contrario, el colectivismo moderno, es el todo donde se pierde el individuo como uno de tantos en la masa común. Solo el personalismo se refiere a la persona como alguien para otro y a la inversa. Porque no hay yo sin tú. Y en el encuentro ninguno de los dos es cualquier otro. No es ante un objeto ni manejando objetos donde actuamos como personas, donde nos encontramos. Nos conocemos y reconocemos frente a frente, mirando a los ojos, en el abrazo, en el respeto mutuo, en la conversación y en la convivencia. «El hecho fundamental de la existencia humana –dice M. Buber– es el hombre con el hombre. Lo que singulariza al mundo humano es, por encima de todo, que en él ocurre entre ser y ser algo que no encuentra par en ningún otro rincón de la naturaleza».

*Filósofo