Decía Ortega y Gasset que «ser de izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil». Ser y definirse de este modo, absolutamente y sin limitación ni duda alguna, es incurrir en cierta hemiplejía moral, insistía el mismo autor, en tanto, quien se adhiere incondicionalmente a un calificativo y se somete a la disciplina y exigencias de tales dependencias, se condiciona y subordina, incluso inconscientemente, a sutiles cadenas de apariencia liberadora.

Hemiplejía moral

Ser de derechas o de izquierdas, evidentemente, no es eso, ni deben tomarse las palabras del ilustre filósofo en ese sentido. Más vale fijarse en su denuncia de hemiplejía moral, en esa sumisión que, en lugar de ser reflejo de las convicciones meditadas y asumidas, se convierte en un condicionante para la razón, ofuscada por la pasión cuando el fanatismo convierte la libertad en pasión desenfrenada, cuando no se es capaz de discernir y todo lo propio se justifica y lo ajeno se desprecia, cuando la adicción y sometimiento a los líderes de barro que encabezan siglas plagadas de incoherencia y oportunismo, no engrandece, sino que debilita la personalidad. Ser de izquierdas o de derechas no es, ni puede traducirse como adhesión inquebrantable a partidos determinados, como lealtad obsecuente a quienes los representan. Ser de izquierdas o de derechas no puede ser entendido, ni exigido, como aceptación sumisa de las estrategias, excesos o aciertos de cada formación política.

La adscripción a una ideología, que no es tal, sino cúmulo de proclamas manifiestamente plagadas de simplezas y dogmas, muchas veces inaplicables, conlleva de este modo una suerte de servidumbre que hay que pagar para mantenerse en el marco de la «corrección política». Y se paga sin pudor en esta corriente de lealtades plagadas de intereses, miedos y expectativas.

Gregor

Ocurrencias verbales

Estos días, a cuento de los excesos de Garzón, el ministro, dicen, de consumo, ciertos medios de comunicación llamados progresistas se han lanzado a una campaña desenfrenada en favor de sus ocurrencias verbales ocultándolas tras un debate muy profundo que no era el que estaba encima de la mesa, tapando de este modo lo que se discutía, que no era la razón que pudiera ampararle, sino sus palabras a un medio extranjero culpando a la industria ganadera española de males que, de ser ciertos, no son exclusivos de este país. Y que a día de hoy ha desmentido la propia Unión Europea que ha salido en defensa de España frente a las diatribas de su ministro.

No es extraño dado el alto nivel de fidelidad a los «'hunos y a los hotros'», como decía Unamuno. Si Garzón hubiera dicho que el baño es malo, las reacciones hubieran sido similares y se hubieran apuntado estudios en el Polo que desaconsejan la ducha diaria.

Y, de este modo, por obligación o simplemente porque el ambiente social exige posicionarse o, peor aún, porque la razón se obnubila cuando la confrontación se impone, se han celebrado tertulias televisivas, radiofónicas y se han escrito artículos periodísticos en los que, personas con absoluto desconocimiento de una materia tan compleja, tanto como el mío en ingeniería aeroespacial, han entrado irresponsablemente a abordar lo que exige e impone conocimientos específicos y prudencia.

Muchos son los que estudian el espinoso tema de la ganadería intensiva y la agricultura ecológica y lo hacen con los elementos de juicio que merece lo que afecta al medio ambiente, pero también al consumo. Ha habido, es verdad, progresistas declarados que han insinuado, solo insinuado, que Garzón es un metepatas. Pero la inmensa mayoría han trabajado duro para ocultar el debate que estaba sobre la mesa, aun a riesgo de adentrarse en un tema muy complicado y emitir opiniones tan genéricas, como insuficientes.

Discursos plagados de generalidades

Un debate sobre la ganadería intensiva y las macrogranjas exigiría saber previamente qué debe entenderse por tales, lo que no se hace en estos discursos plagados de generalidades. Pero, siendo importante, que lo es y debe abordarse, no es esta forma de producción lo que preocupa hoy al campo español, al casi noventa por ciento de los ganaderos –por no hablar de los agricultores–, sino la pérdida de competitividad, la venta a pérdidas provocada por el incremento de los precios de la energía, el agua, que este gobierno regula desde planteamientos políticos y que en esta tierra lleva a negar un trasvase que es imprescindible para el sostenimiento de esta industria. Y, también, por qué no, las consecuencias que para los menos pudientes podría tener establecer limitaciones desproporcionadas a la ganadería más o menos intensiva o a la agricultura desarrollada sin los estrictos y académicos, políticamente correctos y dogmáticos, condicionantes de lo ecológico. Y siempre, en este punto, valorando ventajas e inconvenientes y asegurando la salud de las personas. Todo ello nunca lo olvidan los científicos que trabajan en esta área, callados, pero imprescindibles. Bien está trabajar en las agendas 2030, 2050 y 2200, pero sería conveniente no olvidar el presente. Es más aburrido y exigente, pero necesario.

Denunciada la incompetencia del ministro, sigamos trabajando en los temas de fondo con el rigor exigible, pero sin olvidar el campo y los consumidores, también los no pudientes, la mayoría. En ello se está y es bueno respetar a los que saben y sobre todo a los que viven en esa España vaciada cuya protección es inexistente y que solo sale a relucir cuando se avecinan elecciones.