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El Periódico de Aragón

Marian Rebolledo

Al margen

Marian Rebolledo

Un saludo menopáusico

Crecí dando gracias a Dios porque la regla nunca jamás me doliera, no como a mi madre, a la que dejaba convertida en un guiñapo un par de días cada mes. La recuerdo acostándose tras terminar las tareas de la casa, que nunca dejaba sin hacer, hecha un ovillo agarrándose el vientre y con ganas de vomitar. Cuando lo ves todos los meses, lo normalizas. Eso si eres mujer. Si eres hombre, como de estas cosas no se habla, ni te das cuenta en la mayoría de los casos. Porque esa es otra: hablar de regla es hablar de algo sucio, desagradable, que hay que convertir en nubes para que resulte digerible para el público en general. Yo, que ya estoy en esa fase en la que la regla no es una preocupación (se llama menopausia y es el siguiente tabú a romper) estoy contenta de que se hable abiertamente de ese trastorno. Ya sé que hay quien dice que cómo se va a medir ese dolor (como si a los tíos con lumbalgia se les encendiera un piloto en el culo para demostrar que les duele), y he escuchado a UGT decir que esto puede discriminar aún más a las mujeres. Puede que sí, pero ser mujer tiene esos condicionantes, porque a cambio, no se les olvide, aseguramos la perpetuación de la especie, y eso hasta ahora le ha salido barato a la sociedad. A la que yo he contribuido con dos seres humanos, y en ambos embarazos trabajé hasta el día antes de dar a luz. Literalmente. Como estaba bien (solo pesaba 18 kilos más y tenía las piernas hinchadas como globos) jamás me dieron la baja anticipada. Ahora la sensibilidad es otra, ¿verdad? Pues venga, siguiente tema: hablemos de la regla. Y a los que les parezca mal, porque ya se sabe que las mujeres somos unas cuentistas, desde aquí les mando un menopáusico saludo.

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