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El Periódico de Aragón

José Antonio Mérida Donoso

De palabras, imágenes y Ecozine

Es de agradecer este festival por su capacidad para aunar propuestas de todo tipo y formato

De la misma manera que nos hacen y nos deshacen, nos hacemos y deshacemos en ellas. Desde las primeras exhalaciones de aire que recorre nuestras cuerdas vocales para formar una primigenia «ma», y su gemela «má», un punto y modo de articulación aunados en dos sílabas y el desdibujo de «mamá» en el aire, hasta las que no lleguen a hacerse voz en el que será nuestro último suspiro, las palabras no dejan de acompañarnos en nuestro viaje. Mochila, suela y bastón en ese andar y desandar se nos aparecen y desaparecen, algunas extraviadas temporalmente para ser rencontradas en el camino con nuevos matices y otras, perdidas definitivamente, con sus significados y significantes.

Multiformes en tamaños y caracteres, grandes y pequeñas, tímidas o soberbias, algunas no proliferarán en nuestras conversaciones, aunque si por un descuido hacen acto de presencia, la belleza que evocarán acaparará toda nuestra atención.

Esa es la generosidad de petricor o iridiscencia, en su capacidad de pausar el ruido en el que habitamos y hacernos reflexionar sobre nuestro estado de alienación e incapacidad de atender al olor que produce la lluvia al caer sobre la sequedad del suelo o deleitarnos con los reflejos y colores del iris.

Silenciosas o ruidosas, amigas del susurro y de la rabia son ecología y naturaleza, tierra y agua. Ellas y su familia léxica y semántica se muestran desde labios susurradores o dientes rabiosos para resignificarse en la acción o designificarse en la mercadotecnia y acabar consumidas y devoradas. Amos del silencio y esclavos de nuestras palabras, el ruido, la comunicación líquida cubre nuestros sentidos.

Consumimos series o películas igual que las noticias, sin tiempo para reposar la mirada, recluidos en una soledad que exiliadas otras posibles y acabamos ahogados en una modernidad líquida ruidosa e individualista.

De ahí la importancia de generar espacios sociales que permitan reflexiones y comunicación sólidas, con miradas críticas que aúnen la dimensión global y local, lo glocal para dejar hablar al entorno. Por eso es de agradecer el festival de Ecozine, por su capacidad para aunar propuestas de todo tipo y formato, de España a Etiopía, Groenlandia o Papúa Nueva con la esperanza de encontrar espectadores activos con los que deshojar, podar y remover imágenes a degustar frescas.

Miradas a compartir y con las que conversar para que quizá, aunque solo sea un quizá, sembrar semillas que acaben por germinar en acciones. Algo así como pretenden estas mil palabras plantadas en este artículo, configurar la imagen de ese conocido pensar globalmente y actuar localmente que tan bien recoge Ecozine. Al fin y al cabo, no se trata de saber si una imagen vale más que mil palabras o, tal y como apuntara John McCarthy, mil y una palabras valen más que una imagen, ya que es su convivencia la que nos recuerda que, en esta vida, todo está interrelacionado.

Algo así como nuestras acciones e inacciones y sus consecuencias sobre nosotros y nuestro entorno. Basta con detenerse un momento para observarlo. Basta con comenzar a escucharlo. Basta.

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