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Javier Fernández

El Teatro Fleta

Un gran centro cultural, con capacidad para admitir espectáculos de primer nivel, sería la solución perfecta

Imagen del Teatro Fleta ANGEL DE CASTRO

En estos días pasados en una importante cantidad de municipios aragoneses se han celebrado fiestas patronales. San Roque y la Virgen de Agosto son festividades incorporadas al calendario religioso, santo y virgen, pero en realidad son celebraciones paganas. En torno a estas fechas se finalizaban las labores de la cosecha del cereal, principal producto agrícola de la tierra, y lo que se festejaba era eso, la llegada del fruto del trabajo. Celebraciones similares las hay en otras muchas culturas y el motivo siempre es el mismo, la cosecha, aunque luego se vistan de ropajes religiosos. No es fácil entender que un santo nacido francés y que hizo sus milagros en Italia termine siendo patrón de tantas localidades españolas. Maravillas de la creación de mitos.

No es de San Roque de quien quiero escribir hoy. Sí lo quiero hacer de las fiestas patronales, ya que en muchas de ellas, en todas me atrevería a decir, hay visitas a iglesias y, a veces, a ermitas. Estos edificios religiosos cumplen con una doble función, la religiosa y la patrimonial, y en nuestra tierra, con muchos pueblos, el catálogo de estos edificios es enorme, y el cuidado de los mismos costosísimo.

Una de las tareas que con mayor éxito han emprendido las Comunidades Autónomas ha sido la del cuidado del patrimonio histórico. Da gusto viajar por España y poder visitar auténticas joyas que se han ido restaurando en los últimos años. En Aragón desde la entrada en vigor de nuestro Estatuto de Autonomía, en 1982, se han dedicado notables cantidades de dinero a este menester, contando a veces con otras aportaciones desde el gobierno de España y desde entidades de menor ámbito territorial como las diputaciones provinciales.

El que se reconozca este esfuerzo, yo lo hago, y lo aplaudo, no quita para que se deban denunciar evidentes errores. Y el del Teatro Fleta, en Zaragoza, es monumental.

En la Segunda República se construyó un complejo cultural al que se puso el nombre de Iris Park. Cuando en los años 1954/55 se reconstruyó se quedó el nombre de Iris y en 1958, a los veinte años del fallecimiento del tenor, se rebautizó como Teatro Fleta. El autor de esta construcción fue el famoso arquitecto Yarza, que consiguió aunar dos campos, el del diseño y la funcionalidad. Encuadrado en el modernismo siempre ha sido reconocida como una de las grandes obras de referencia, no solo en Zaragoza, también a nivel nacional. En su interior se apostó por un espacio que pudiese combinar espectáculos escénicos, teatro sobre todo, y de cine, muy en boga en aquellos años, con una capacidad de 1.700 espectadores. Desde sus orígenes tuvo propiedad privada.

A finales de 1998 era presidente de Aragón Santiago Lanzuela y Consejero de Cultura Vicente Bielza de Ory. Este gobierno tomó la decisión de adquirir este complejo. Y en enero de 1999 se cerró.

En las elecciones autonómicas de ese año los resultados llevaron a Marcelino Iglesias a la presidencia y este designó a Javier Callizo Someiro como Consejero de Cultura. ¿Y que se ha hecho desde entonces? Nada. Ideas, proyectos, pero el solar sigue ahí.

Ahora está de moda calificar a los problemas de complejos para transmitir la idea de la enorme dificultad en resolverlos. ¿Podemos definir al Fleta como problema complejo? Sí, sin duda, pero no imposible. El mayor peso lo debe asumir el gobierno ya que propiedad y competencias son suyas. El ayuntamiento algo tendrá que decir, es una parcela enorme y situada en un lugar muy estratégico de la ciudad. Lo que no podemos admitir es que siga otros veinte años así.

Un gran centro cultural, con capacidad para admitir espectáculos de primer nivel sería la solución perfecta. Ya no un teatro de ópera, primera idea, que parece inviable por problemas técnicos relacionados con la capa freática, pero sí uno con gran capacidad y con opciones de traer enormes montajes, hoy lejos de los zaragozanos. Si pensamos solo en el dinero a gastar nos asustaremos, pero los beneficios, en imagen de ciudad y en réditos futuros, pueden compensar. Hoy Zaragoza dispone de espacios culturales muy dignos, pero ninguno es del nivel del que podría construirse en este lugar. No quedaría nada del histórico edificio de Yarza, pero podríamos tener otro simbólico, con la cultura como bandera.

En el otro extremo, la simple valoración económica, el rédito inmediato. En esa zona de la ciudad podrían construirse viviendas de gran nivel y algún centro de ocio, de menor entidad. La inacción no es solución. Gran teatro o viviendas, tal vez una solución intermedia, pero hay que hacer algo. Ese solar con aspecto de abandonado en el centro de la ciudad no puede quedarse así eternamente.

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