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Pompas y esperpentos imperiales

La monarquía es esa especie que apesta a cualquier principio de razón, que nacen y mueren como todos

Después de una semana de fastos fúnebres, la anciana papisa de la iglesia anglicana ha sido depositada en uno de sus castillos. El periodismo mundial ha considerado que necesitábamos conocer cada minuto del sainete planetario que, según parece, fue ideado hasta el mínimo detalle por la interfecta, en otra muestra más de su más que improbable humildad imperial. Conque todo el planeta en danza para ejercer de figurantes del gigantesco coro de esta ópera bufa que se ha representado en distintos escenarios bajo el guión de la reina difunta y con toda la pompa y circunstancia que vuelve locos a los vasallos y plebeyos.

La monarquía, en fin, esa especie que apesta a cualquier principio de razón, es un artefacto curioso: sujetos que nacen y mueren como todos, logran convencerse de que son casi divinos, sobre todo porque una parte de la humanidad, por alguna misteriosa razón, encuentra un extraño placer en ponerse de alfombra para que esta estirpe de personajes, a menudo espeluznantes, se pasee sobre sus lomos pensando que, efectivamente, tienen todo el derecho. Ah, pero no son ellos, ni ellas, no: es La Corona.

Se suelen referir a sí mismos como La Corona. Se cosifican en un objeto que deviene así en inmortal y eterno. Y hacen como que se creen ese delirio, claro, porque la cuenta que les trae no es moco de pavo. En fin, al final no hay mayor ni más radical democracia que la parca, que ya lo dijo el vate: … «que a papas y emperadores y prelados/ así los trata la muerte como a los pobres pastores de ganado». Aunque ya hemos visto que los primeros son mucho más pelmas con el entierro.

Y al cabo, otra crueldad: poner a hacer de esta cosa, monarca o rey o soberano, o etcétera a un distinguido haragán de más de setenta años, y hacerle firmar papeles sin parar durante días, al heredero profesional. Con razón se pone nervioso, sobre todo porque su historia laboral no se le ve demasiado futuro; pero en fin, hay varios en la reserva. Hasta un putero conocido mundialmente tienen, para un por si acaso; estaba castigado sin merienda unos cuantos meses por una acusación de abuso sexual y otras correrías con aquel famoso pedófilo, pero ya está otra vez en circulación. Al parecer los servicios discretos de La Corona han abonado los dólares necesarios para que la víctima retirara la denuncia. Así que el príncipe «andriu» ya está de nuevo saludando en el balcón de saludar, todo lleno de medallas trabajosamente ganadas en distintos lupanares, y dispuesto a seguir sin dar palo al agua. ¡Viva el esperpento imperial!

Oiga usted, ¿y lo nuestro? Ah, esto ni siquiera es esperpento; esto es un sainete madrileño, folclórico y cañí; también con muchas medallas, eso sí, que se conoce que les vienen ya de cuna; hasta el de Mónaco lleva las suyas. Y todas de oro suizo, que es el que más brilla.

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