Opinión | HOGUERA DE MANZANAS

Difuntos y vacunas

Tal vez cada cual encenderá esta noche una vela por sus difuntos, pero yo quiero prender toda una hoguera con un recuerdo: Mi padre, siendo él muy rojo de los de antes, tenía por amigo a un señor que presumía de ser el más franquista de Zaragoza. Se apreciaban por encima de sus posibilidades. Ese señor murió años después de un infarto. No digo que los amigos rojos y el hijo jipi fueran los causantes, pero disgustos sí que le daban.

Mi padre tenía un pequeño laboratorio de fotografía en casa. El mundo de los líquidos, los tiempos y las luces de aquel espacio me fascinaba. Recuerdo su rostro y sus manos mágicas entre aquella alquimia. En ocasiones, las fotos eran secretas, pero yo me las arreglaba para verlas, y así, en mi más tierna infancia, pude documentarme de primera mano sobre lo que era una fiesta jipi de las postrimerías de los setenta en esa España que creíamos tan atrasada. Aquello no es que fuera moderno, es que era directamente América. Había un desfase total entre el blanco y negro de la tele y lo que la gente vivía, sentía y, en algunos casos, hasta hacía. Tanto mi padre como su amigo eran hombres inteligentes y se daban cuenta. Para mi padre era una esperanza; para aquel hombre, una constante desesperación.

Una vez le pregunté cómo podía ser tan amigo de alguien tan facha. Se me quedó mirando con dureza y me dijo: «espero que cuando seas mayor sepas distinguir mejor de quién puedes ser amiga y de quién no». Crecer es comprobar lo que otros han dicho. Con el tiempo he descubierto que puedo ser perfectamente amiga de algunas personas que están en las antípodas de lo que pienso, pero no me tomaría ni un agua con alguna gentuza con la que me fastidia hasta estar de acuerdo en algo. Mi padre, entre otras muchas cosas, fue mi vacuna contra el sectarismo. Da pena ver a tanta gente sin vacunar.

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