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María José González

¿Reflejo o esperpento?

No es necesario que les ponga en antecedentes, bastará con la simple mención de traer a su memoria el hecho de que un día sí y otro también asistimos al bochornoso espectáculo de ver y oír cómo algunos diputados deshonran el sentido del parlamento y del Parlamento. No, no he cometido una errata, con parlamento me refiero al acto de hablar.

En castellano contamos con la preciosa palabra «parlanchín» y en francés con el verbo «parler», y esos son solo dos botones de muestra. Observo con estupor, estupor lejano eso sí, que ellos no parlamentan, no hablan, sería más exacto decir que escupen sonidos que en nuestra mente se reconstruyen como insultos, ofensas, humillaciones… Y con Parlamento aludo, claro está, a esa institución que recoge nuestra Constitución y, según la cual, es depositaria de la soberanía nacional.

Tal vez sea necesario recordar (les) que «la soberanía nacional reside en el pueblo del que emanan los poderes del Estado». ¿Acaso se acuerdan de eso tales diputados? Es el artículo 1 de la Constitución el que así lo establece y yo me pregunto: si se olvidan del contenido del primer artículo, ¿qué podemos pensar que pasa con el resto?

Estando, como creo que casi todos estamos, a medio camino entre el hartazgo y la vergüenza ajena es muy probable que hayan escuchado esa famosa frase que viene a decir que tenemos los políticos que nos merecemos. Aunque tampoco me extrañaría nada que lo que hayan oído sea justo lo contrario: «No nos merecemos estos políticos». Pero entonces, ¿con qué nos quedamos?, ¿nos los merecemos o no? En tanto que representantes, ¿reflejan aquello que son, sienten y dicen sus representados?, ¿son una especie de altavoz de lo que en la calle ocurre?, ¿o son un esperpento?

Tengo para mí que las malas maneras en que se desenvuelven demasiadas sesiones parlamentarias desde ya hace demasiado tiempo no ocurren por generación espontánea. Ni son fruto del azar, ni son gratuitas. Siempre hay razones tras de cada cosa que ocurre, razones que resultan ser especialmente importantes cuando se trata de actos de libertad. Esas arengas compuestas por un arsenal de descalificaciones están ahí por algo y para algo. No estoy segura de si los destinatarios de las lindezas que últimamente se pronuncian en el Congreso de los Diputados (si bien podrían añadirse otros foros como los plenos del consistorio zaragozano sin ir más lejos) son los adversarios políticos o los posibles y futuros votantes de cuyo apoyo depende la continuidad de dichos representantes.

De ser esta segunda opción la certera nos hallaríamos ante la deshonrosa tesitura de haber convertido el insulto en la principal herramienta política. A falta de parlamentarios lo suficientemente hábiles, lúcidos e inteligentes como para crear acuerdos fruto del debate dialéctico nos hallamos en las manos y la boca de quienes en lugar de aportar soluciones pactadas a los problemas comunes añaden nuevos problemas a los ya existentes. ¡Ánimo a todos! Apenas faltan seis meses para unas elecciones y doce para las otras. Esperemos que en ese tiempo la cosa no degenere aún más.

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