Opinión

La fractura israelí

El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, llegó al poder tras las elecciones de noviembre de 2022 apoyado por los sectores ultraortodoxos y de extrema derecha, al frente de uno de los gobiernos más reaccionarios de la breve historia –está a punto de conmemorarse el 75 aniversario de su creación– de este pequeño país que la comunidad internacional ha mimado históricamente para intentar restañar la herida brutal del Holocausto. Esta inclinación a estribor, que obliga a Netanyahu a satisfacer las aspiraciones más extremas de ciertas minorías, explica que se esté tramitando una ley que somete en la práctica al poder legislativo al ejecutivo, en una violación flagrante de la separación de poderes que caracteriza a las democracias parlamentarias. En Israel, donde no existe una Constitución escrita, el Tribunal Supremo ha limitado excesos, ha impedido abusos y ha velado hasta donde ha podido por la defensa de los derechos humanos, de modo que el poder judicial es visto como una fuerza izquierdista por la derecha israelí, que creía haber encontrado ahora la ocasión de pararle los pies definitivamente, lo que le permitiría consumar sin frenos ni controles el apartheid de facto que pretende que los judíos mantienen sometidos a los palestinos.

Infelizmente, la confrontación ideológica tiene una traducción social, ya que en el joven país pugnan la reacción sionista, el judaísmo conservador y teocrático, con un sector moderno, ilustrado, abierto, laicista y decidido a resolver la crisis existencial que aqueja al estado hebreo desde su nacimiento. La fórmula que postulan es la edificación de dos estados que confraternicen y se autodeterminen en paz. No sorprende que en la moderna Tel Aviv decenas de miles de personas hayan salido a las calles para protestar por la intención del Ejecutivo de limitar la capacidad de control del Tribunal Supremo sobre la actividad parlamentaria. La ira no se limitó a la capital laica del país y se extendió a Jerusalén y otras ciudades. Finalmente, Netanyahu, consciente de que los altercados podían derivar en una confrontación civil, ha decido aplazar la tramitación del proyecto de ley hasta mayo, ya en el próximo periodo de sesiones de la Knesset, pensando quizá que para entonces se habrán aquietado las aguas. Parte de la presión ha llegado desde el otro lado del Atlántico porque tras hablar por teléfono con el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, Netanyahu se ha comprometido a posponer la mayoría de sus polémicos planes legislativos. Estados Unidos, garante de la supervivencia de Israel, aún ejerce influencia en la única democracia de Oriente Próximo mientras Europa se inhibe, incapaz de ejercer un papel de mediación.

La convulsa situación israelí coincide con la publicación por Amnistía Internacional de su informe anual, en el que la oenegé denuncia la hipocresía de Occidente, que ha acudido ejemplarmente en apoyo de Ucrania tras la invasión rusa, dando cobijo a los exiliados y prestando recursos materiales y militares a un país europeo en peligro, pero que no muestra la misma sensibilidad cuando se trata de salir al paso de excesos cometidos por países amigos o socios comerciales.