Opinión | SALÓN DORADO

Un país imaginario

Imaginen un país en el que ocurrieran cosas sorprendentes. Imaginen a su jefe de Estado, a título de rey, por ejemplo, que acumulara una fortuna de más dos mil millones de euros robando a sus súbditos mediante el cobro de comisiones aprovechándose de su cargo, y que no declarara a Hacienda; imaginen que varios gobiernos de Izquierda y de Derecha hubieran callado durante 40 años que ese delincuente estuviera cometiendo tropelías sin cuento, que fuera impune hiciera lo que hiciera y que dijera en alguna ocasión que «todos somos iguales ante la ley», burlándose de los ciudadanos y riéndose de ellos en su propia cara, y que a algunos incluso les hiciera gracia.

Imaginen que un presidente del gobierno de ese país hubiera sido señalado por un juez como el «señor X», encubridor de una banda de pistoleros que hubiera cometido crímenes y asesinatos amparada por las cloacas policiales del Estado.

Imaginen que un ministro del Interior de ese país imaginario hubiera creado una trama policial para espiar ilegalmente a propios y extraños, y al que un fiscal le pidiera 15 años de cárcel, y que ese tipo alardeara de que su ángel de la guarda, al que llamara Marcelo, por ejemplo, se le apareciera para ayudarlo a aparcar; y que pese a su evidente delirium tremens, el presidente que lo nombró no lo cesara ipso facto ni lo mandara al médico y al juzgado, sino que lo mantuviera en su cargo.

Imaginen un país en el que decenas de políticos canallas usaran dinero público para irse de putas y de mariscadas, y que tuvieran en su casa billetes «para asar una vaca», procedentes de la corrupción.

Imaginen un gobierno en el que un hombre y una mujer que fueran pareja, por ejemplo, se sentaran los dos en el mismo Consejo de ministros sin el menor recato ni vergüenza.

Imaginen un país en el que se recalificaran irregularmente terrenos de una ciudad deportiva para construir varios rascacielos, sin que pasara nada por semejante pelotazo urbanístico; imaginen que en ese mismo país se descubriera que varios presidentes de un club deportivo hubieran pagado durante años al responsable del arbitraje de un deporte, por ejemplo el fútbol, para que influyera en los resultados de los partidos.

Imagen, al fin, que el presidente del gobierno de ese país hubiera conseguido un título de doctor, pongamos en Economía por ejemplo, con una tesis de broma, y que la esposa de ese mismo presidente codirigiera un máster en una universidad pública sin siquiera poseer un título de licenciatura.

A que un país así resulta inimaginable.