Opinión

La profunda superficialidad

Una de las cosas que más me llama la atención de este mundo tan moderno y tan xodido es que tanto avanzar, tantos sueños depositados sobre el concepto de educación para acabar comprobando que muchos universitarios no saben lo que sabía hasta la abuela Paca, muerta allá por los años ochenta sin habérsele administrado ni escolarización ni viático: que la civilización se sustenta mejor sobre un poco de hipocresía que sobre la sincera, absurda y hasta ingenua demostración de nuestras miserias.

Vivimos entre odios tan esquemáticos que se amparan en eslóganes leídos en cualquier parte, odios profundamente superficiales e insalvables, esgrimidos desde las intachables moralidades de quienes los vomitan. Piensen en la muerte de Almudena Grandes, Escohotado, Dragó, Bimba Bosé… Incluso cuando murió Labordeta, innegablemente apreciado, había que sacar peros, pues la unanimidad tampoco nos satisface. Recuerdo a un buen amigo indignadísimo contra una política de cuerda muy contraria que había tenido para él cuatro buenas palabras de despedida. No se querían, qué le vamos a hacer. Pero más vale mostrar en ese momento un poco de generosidad, o incluso de hipocresía, que soltar improperios que has tenido toda la vida para dispensar, pues la oportunidad los convierte en bajezas, por altos que suenen en las cabezas de quienes los destraban.

Afortunadamente, casi nada tiene importancia e igual que las cosas bellas se pierden como lágrimas en la lluvia, las sombrías se diluyen como berridos en el cierzo. Nunca el odio, el amor, el escándalo o el olvido han pasado de manera tan intensa y breve como en la época de las redes. Sic transit gloria mundi. In ictu oculi. Al día siguiente ya hay una nueva diana sobre la que lanzar balas que solo importan –y quizá solo manchan– a quienes las disparan. O ni siquiera eso.