Opinión | EL ARTÍCULO DEL DÍA

Las 100 sombras de Henry Kissinger

Resulta un amargo sarcasmo que recibiese en 1973 el Nobel de la Paz por el fin de la guerra de Vietnam

La figura de Henry Kissinger pasará a la historia como uno de los personajes más influyentes del siglo XX, cuyo legado en materia de política internacional está plagado de sombras, las cuales, ahora que acaba de cumplir 100 años, bueno es recordar.

Heinz Alfred Kissinger nació en la ciudad alemana en Fürth el 27 de mayo de 1923 en el seno de una familia judía que, ante el ascenso del nazismo hitleriano, se vio obligada en 1935 a emigrar a los Estados Unidos, donde, años después, desarrollaría una intensa actividad política y diplomática. Vanidoso y arrogante, siempre se sintió atraído por la figura y el legado del canciller austríaco Klemens von Metternich (1773-1859), arquitecto de la Europa de hierro implantada en el viejo continente tras la caída del imperio napoleónico mediante el Congreso de Viena de 1815.

Kissinger es conocido por su papel como Consejero de Seguridad Nacional (1969-1975) y como Secretario de Estado durante los años 1973-1977 en los mandatos de los presidentes Richard Nixon y Gerard Ford. Fue el tiempo en que Nixon aplicó la que dio en llamarse «estrategia imperial» por parte de los EEUU, la cual se oponía frontalmente a la política de la diplomacia multilateral defendida por la ONU como forma civilizada de resolver de los grandes conflictos internacionales de aquellos años. En cambio, la tesis central de Kissinger para «legitimar» la «estrategia imperial» de los EEUU era que la bienintencionada diplomacia multilateral «sólo produce caos», y que el respeto a la libre determinación de los pueblos y la soberanía de los Estados no garantizaban la paz. En consecuencia, según recordaba Jean Ziegler en su libro Hay que cambiar el mundo (2018), Kissinger pensaba que sólo una potencia de ámbito mundial, como es el caso de los EEUU, «dispone de los medios necesarios para intervenir rápidamente en cualquier lugar durante un período de crisis. Sólo ella es capaz de imponer la paz». Tan arrogante se manifestaba Kissinger a la hora de defender el papel de «gendarme» de los EEUU en el ámbito de la política mundial que, tal y como defiende en su libro Armas nucleares y política exterior (1957-1969), considera que EEUU es el único país del mundo que está legitimado para utilizar la bomba atómica con completa libertad... y a su antojo.

El legado de Kissinger se plasmó en temas tales como la gestión diplomática de los años de la Guerra Fría, sobre todo tras la visita del presidente Nixon a Moscú en 1974, la normalización de las relaciones con China desde 1972, y, también con el final de la Guerra de Vietnam (1973), lo cual no ocultó la mayor derrota militar de la superpotencia norteamericana.

No obstante, la implacable y fría realpolitik desarrollada por Kissinger nos ofreció su peor rostro, sus mayores sombras, en Latinoamérica, considerada despectivamente por los EEUU como su «patio trasero». De este modo, bajo la inspiración de Kissinger, Washington apoyó la represión de todos los movimientos emancipadores y gobiernos progresistas allí existentes, mediante los golpes de Estado habidos durante las décadas de 1960 y 1970, en Chile, Argentina, Uruguay y Bolivia, así como el apoyo al terrorismo de Estado mediante la puesta en marcha de la siniestra Operación Cóndor, auténtica «internacional del terror coordinado» de las dictaduras militares del cono sur de América Latina.

Resulta un amargo sarcasmo que Kissinger recibiese en 1973 el premio Nobel de la Paz con motivo del fin de la guerra de Vietnam, y que ello tuviera lugar el mismo año en que el político norteamericano conspiró y alentó el golpe de Estado del general Pinochet contra el presidente constitucional de Chile Salvador Allende del 11 de septiembre de 1973, tras el cual se asentaría el general genocida en el poder mediante una sangrienta dictadura. Este hecho resulta imperdonable para los EEUU y en especial para Kissinger, su principal inductor, que debió olvidar que, siendo de origen judeoalemán, tuvo que abandonar su patria natal para huir de la barbarie nazi y ahora apoyaba sanguinarias dictaduras fascistas fieles a los intereses geoestratégicos de Washington.

Por todo lo dicho, Kissinger puede ser considerado, sin ningún género de dudas, como un criminal de guerra según el Derecho Internacional. Y no sólo porque fue el promotor de los citados golpes de Estado habidos en América Latina, sino que también propició las masacres provocadas por el general indonesio Suharto en Timor Oriental en 1975, y, sobre todo, por la guerra a sangre, fuego y napalm, llevada a cabo por EEUU en Vietnam, especialmente en crímenes tales como el bombardeo de Hanoi en la Navidad de 1972 o el empleo masivo del agente naranja en los bosques de Indochina. Pese a estas evidencias, Kissinger nunca ha sido juzgado por crímenes de guerra y contra la Humanidad. En este sentido, Greg Granderi considera a Kissinger, que sigue teniendo amplia influencia en el ámbito político norteamericano, como «el inspirador, el ideólogo, el padre de todas las guerras provocadas por EEUU a finales del siglo XX e inicio del XXI».

Así era y así sigue siendo, a sus 100 años, Henry Kissinger, definido por José María de Loma en un reciente artículo publicado en EL PERIÓDICO DE ARAGÓN, como «un hombre simpático que podía tomar decisiones terribles», como «un killer en defensa de los intereses de los Estados Unidos».

Estas son las 100 sombras de Henry Kissinger, un político centenario, influyente y en activo.