Opinión | Sala de máquinas

Tenistas

Los jugadores de tenis sabemos que un gran campeón de ninguna manera puede ser un tipo normal. Sabemos, porque podemos multiplicar lo que alguna vez tuvimos, que ese formidable jugador ha debido modelar su psique como el cincel del escultor el trozo de mármol que acabará convirtiendo la materia en obra de arte. Intuimos que la mente, las rutinas y los hábitos, los comportamientos y las reglas de ese absoluto dominador del juego de la raqueta queda más allá de nuestra práctica, y seguramente de nuestra comprensión, pero nada nos gustaría más que conocer su secreto.

En busca de ese perfil psicológico he leído algunas novelas sobre tenistas, incluida una que escribió Martina Navratilova planteando un enigma criminal durante la celebración del campeonato de Wimbledon, que ella misma ganó varias veces, pero en esas historias de ficción no se aborda en profundidad la personalidad de los tenistas. Tampoco profundizó en ese campo Woody Allen, con aquella muy recomendable película, Match ball, que sí desarrollaba, en cambio, los complejos y fobias de un campeón retirado...

La nueva novela de Alberto Val, La perra (Destino), está protagonizada por un tenista. Sin embargo, tampoco he encontrado en sus páginas la respuesta a esa particular mentalidad que, sospecho, se oculta en el cerebro y en la voluntad de esos ases del tenis, entre el exclusivo olimpo de elegidos para la historia, desde Laver a Alcaraz, pasando por Newcombe, Santana, Nastasse, Gerulaitis, Agassi, Munster, Nadal… El campeón de La perra es un tenista español al que una trama de novela negra lo convierte en un personaje arquetípico para sorprenderlo en su residencia tinerfeña, donde goza de un privilegiado nivel económico, pero no así del amor de la mujer que acabará siendo para él mucho más importante que cualquier torneo.

La perra, más que la trastienda del deporte del tenis o de esa –tal vez imaginada por mí–, personalidad genial, bipolar, maniática o paranoide de un gran campeón, busca y encuentra los sótanos de la maldad, preparando poco a poco, episodio a capítulo, las reglas de un juego monstruoso, sin árbitro, sin raquetas, solos y enfrentados ambos jugadores en un desafío por sobrevivir, convirtiéndose el punto de partido en antesala de la muerte.