Opinión | EL ARTÍCULO DEL DÍA

Libertad (muy) dentro de un orden

En el eterno dilema del orden con la libertad va ganando el primero por goleada

Pongamos libertad, pongamos orden, cada una y otro con su necesidad; según lo que recordamos de lecturas apresuradas de filosofía (esa extravagancia tan pintoresca hoy en día, donde la Universidad parece más un centro acelerado de FP), para que la libertad pueda expresarse en la voz y la vida de la ciudadanía, es menester un cierto orden. El orden implica, o expresa, seguridad, y sólo desde la seguridad garantizada puede eliminarse el miedo y expresarse la libertad. Por otra parte, sin libertad de origen, ningún orden puede erigirse y dictar norma de convivencia de manera legítima y aceptable por aquellos que han de someterse a ella (o ser sometidos si subvierten una u otro, por la ley derivada, o la espada, instrumento de autoridad de la ley legítima). Esto está pensado, discutido, afinado y hasta olvidado entre el ruido y la furia del tiempo presente; pero que no lo sepamos recordar no implica que no exista. Estaba en Kant, estaba en Sartre, en Hobbes, y seguramente en muchos más. A los griegos vamos a dejarlos aparte en estas cosas tan serias de ahora mismo, porque su democracia era servida, lavada, cocinada, y recogida de sus mierdas por esclavos, y eso ya no podemos meterlo en la ecuación, ¿verdad?; así que Solón y la ética Nicomaquea y hasta lo de Platón que dijo Sócrates vamos a disfrutarlo en sesiones líricas y melancólicas, que no digo que no alimenten, pero no vienen al caso para cosas como los líos de la organización política de las sociedades del siglo presente.

O sea, que una democracia para niveles de renta de más de seis cifras, con los de abajo de esclavos sin voto ni derechos, la monta casi hasta un presidente de club de fútbol (si es que no la ha montado ya, que a saber). Conque esto, digo, esta ecuación sobre los términos de seguridad y libertad viene a cuento de lo que nos ocurre, aunque el salto de esta nota apresurada sea tan aparentemente aparatoso. Gente que gobierna y prohibe, por ahora sólo cosas relativas al arte y la cultura. Les molesta el Orlando, de Virginia Woolf, publicado a principios de siglo pasado, y lo prohiben; les molesta Lope de Vega, de hace siglos, y lo prohiben; les molesta un beso en el cine de Disney, y lo prohiben; casi todo les molesta si viene de la libertad, porque estiman que viene sin orden, sin su orden, el orden de los cementerios, que se diría que es el que más les gusta –lo dijera Lorca, acaso, si pudiera–. Y como al fin pueden prohibir, porque les han votado, prohiben. Y esto es sólo el principio. Veremos. O sea, que el gañán que prohibió representar la versión dramática de Orlando, por el hecho de que a mitad de la novela el caballero se despertara tras largo sueño convertido en dama y viviera el resto de su epopeya en el cuerpo de una mujer; el deslustrado gañán, digo, en lugar de leerse con provecho el maravilloso cuento, ha dado en pensar –o lo que alcance a hacer su cerebro– que eso de que un varón se despierte mujer es un desorden intolerable, y erigido en guardián del orden tolerable, el suyo: moral, estético, sexual, ideológico, legal, cromático, musical, folclórico, eclesiástico, muy eclesiástico, pedagógico, ejemplar, político, existencial y en general orden de todos los órdenes conocidos, ha determinado que a sus convecinos y convecinas no les convendría ni les haría provecho ver y escuchar las palabras de la tal Virginia Woolf, que al parecer era lesbiana, a más de inglesa y suicida, por si hicieran falta más desórdenes existenciales que justificaran el miedo de este julai democráticamente electo; como para ir promocionando ocurrencias de semejante espécimen; repito: lesbiana y suicida, por si no fuera bastante inglesa. Como si fuéramos nosotros, recios castellanos desde el Cantábrico hasta Gibraltar y desde Vigo al Cap de Creus, comparables a unos ingleses que hasta abominaron de la Única Iglesia Verdadera y se inventaron la suya (tan parecida, por cierto). Como para no prohibir ese Orlando y toda su ralea. Ay, como decía la canción del poeta, tiene que llover, tiene que llover a cántaros. Y llovió, un rato, pero volvieron las nubes y anuncian tiempos sombríos. Y se preguntaba el poeta, pero quién nos ata. Pues los tiempos sombríos señalan el mismo atadero. Porque hoy, que parecía que no tenía ayer, hoy, sigue siendo siempre todavía, y en el eterno dilema del orden con la libertad va ganando el primero por goleada, porque el orden –su orden– es imprescindible para las élites, pero también resulta cautivador para la mesocracia con hipoteca y sesenta metros además en playa o montaña, que se cree ya tan importante.

El orden –ese orden– tapará la mierda, limpiará la calle de inmigrantes, las mujeres no serán violadas más allá de lo inevitable, impedirá todo lo maricón que no mantenga «maneras apropiadas» y sus insultantes identidades de género, cada una con su ridícula inicial, como si tuvieran derecho, coño. Y con ese orden, con su orden, todo estará limpio, planchado y lavado con Perlan, y si no miren a Francia, lo de París. ¿Ese es el orden que queremos? No, ¿verdad? Pues vótenlos. Lo dejarán todo limpio y planchado y no se verá la sangre, parecerá un accidente. Ah, y habrá más toros. Hala, a votar con salud, que se conoce que aún podemos.