Opinión

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El ocho de septiembre de 2017 escribí un artículo titulado El espíritu Coscubiela en el que hacía referencia a lo sucedido los días seis y siete de ese mismo mes en el Parlamento catalán cuando con los votos de los independentistas se sacaron adelantes unas leyes, paradójicamente fuera de la ley, que sirvieron para dar cabida a un referéndum sin garantías que todos sabemos cómo acabó y de qué forma sigue marcando el calendario de la política española. En aquel artículo señalaba que Coscubiela en esas sesiones fue la voz de la libertad, la cordura y la democracia, diciendo frases como esta: «Nos importa el qué, pero tanto como el qué el cómo. Por eso somos demócratas».

Hemos asistido en estos días a un debate de investidura que nació muerto porque el PP sabía que no tenía apoyos y además de saberlo, parecía no importarle; simplemente había que escenificar y así demonizar a Pedro Sánchez por una amnistía que, de producirse, ayudaría a la normalización de la vida en Cataluña y en su relación con el Estado. Pero eso no parece importar, al menos al PP, que ante un evidente conflicto y en el marco de una investidura hace eso de ojos que no ven, corazón que no siente, y así como si el problema catalán fuera de Sánchez y no de España, o como si Sánchez lo hubiera provocado, cuando sus políticas han ayudado a una clara pacificación en las calles y en la sociedad catalana que así lo supo reconocer con su voto en las elecciones del pasado 23J.

Y en esto andamos, algunos andan, otros simplemente desandan y se cierran en banda alrededor de una realidad que no es más que el prisma de sus propias necesidades, en muchos casos obsesiones, y que hacen de los hechos y las decisiones políticas una ecuación imposible de resolver. Ayer, también septiembre, el Parlamento catalán con los votos de Junts y ERC sacó adelante una Propuesta de Resolución por la que dicta a sus representantes en Madrid a no apoyar un posible Gobierno de España si no se «compromete a trabajar para hacer efectivas las condiciones para la celebración de un referéndum». Salvador Illa, máximo responsable de los socialistas catalanes, fue tajante y dijo también que «ese no era el camino porque nos llevaba a un callejón sin salida».

No sé qué pasará mañana, ni pasado, ni si ese acuerdo in extremis es una sobreactuación. Lo que si sé es que las gentes progresistas de este país apoyaríamos unas nuevas elecciones ante tanto cambalache y que nadie nos acuse de dar una bala a la ultraderecha cuando los que disparan son otros.