Opinión

Infiltrados

Mi amigo el poeta Carlos Iglesias es mi proveedor oficial de personajes curiosos que me gusta coleccionar y no me resisto a presentarles algunos. Eso me ha pasado con José Umbral, nombre artístico de un señor con bigote que simultaneó durante años la canción melódica con su condición de agente encubierto. Malagueño de nacimiento, llegó a Madrid en los setenta, ingresó en la Policía y pidió poco después una excedencia para dedicarse al cante. En 1981 ganó el festival de Benidorm, se mezcló con el famoseo y se casó en 1982 con Silvia Tortosa. Más tarde fue a México y se hizo actor de telenovelas. Tras este periplo, reingresó en el Cuerpo en los 90 y compaginó los escenarios con su encubierto trabajo como policía para los servicios de inteligencia. Sus conciertos, por ejemplo, en el País Vasco, servían para que su equipo de agentes operativos entraran en diversos municipios sin ser notados, cual Santa Teresa en la poesía mística. La imbricación de ambos trabajos se materializó al crear la música del himno del cuerpo en 1999. Desde Interior se dijo que había sido compuesta por un exagente.

Fue amigo de María Teresa Campos y, según cuenta la revista Hola, amenizó la celebración privada de su 74 cumpleaños. No hay más noticias de él. Murió en 2018 tras larga enfermedad sin que poco o nada se supiera de esta especie de Pablo Abraira con tintes de James Bond patrio, heredero ligero y melódico de Lobo y precursor tal vez del policía infiltrado en Barcelona que tanto revuelo armó en círculos independentistas.

Me parece una figura fascinante que quizá en otro país hubiera merecido serie o documento de esos que se llevan ahora, la mezcla de lo frívolo y lo policial le convertiría en un personaje perfecto para una película de Almodóvar, pero quizá no está la sociedad para matices artísticos. Yo ahí lo dejo.